Por Nicolás Manzi
Notas de este autor

18 octubre, 2014

Pero ¿qué es el hambre? ¿Acaso una resolución? ¿Acaso un estado mental? ¿Acaso un sentimiento?

Nada puede ser escrito, nada puede ser hecho en el hambre. Un cuerpo hambriento no puede pensar en otra cosa que en comer, y por no pensar, justamente, no estará dispuesto a nada. Pero para llegar a esa situación, en el que la sensación del cuerpo domine y subyugue cualquier razón, hay que pasar por algunas etapas de abandono. Hay diferentes grados de hambre.

El hambre es la expresión absoluta de una necesidad. En el caso de la necesidad física de la ingesta de alimento que luego se traduciría en forma de energía, el hambre apunta a los órganos vitales. También puede reconocerse hambre ante necesidades de otro tipo, e incluso se usa metafóricamente en muchos casos, y hasta se lo puede relacionar a la sed, que es también una necesidad pero de otro tipo. La sed remite más a lo relacional, al contacto con lo otro, con el mundo, mientras que el hambre es absolutamente autosatisfactorio, piensa en complacerse a sí mismo. Por eso el hambre es más tolerable que la sed, y más común. Dejamos pasar las horas y el hambre aparece, raramente aparezca la sed, que es incluso mucho más extrema.

La sed habla del agua, y del desierto. El hambre y la sed son extremos cuando son pensados, pero no son percibidos como momentos más bien de crisis, que es lo que realmente deberían ser si se los pensara objetivamente.

El hambre es, a su vez, la concientización de la falta, de una falta que puede ser completada rápida y súbitamente. El hambre podría pensarse desde todas las palabras que huelgan decir y sin embargo no son dichas en pos de las otras palabras, que se van colocando en el texto, comiéndose el espacio, tan disputado.

El hambre es a comer lo que un mar es a navegar. Hay que atravesar el hambre, a veces, para descubrir qué es lo que en verdad se necesita para la propia vida.

Se juntan entonces el hambre y las ganas de comer, en una esquina cualquiera, un día de sol, digno del mundo exterior. Es obvio que se van a llevar bien. ¿Qué comerían? Imagino que un gran guiso, una comida ordenada obedeciendo a una tradición, entrada-primerplato-segundoplato-postre, una comida que son cuatro, hasta que el cuerpo no pueda más. Es estridente el día, y los colores rechinan en las pupilas, tres cocineros se deshacen en cualquier lugar del mundo para prepararle los platos solicitados, no podría enumerarlos.

Y en cualquier otro lugar del mundo, horas más tarde, el hambre y las ganas de comer están haciendo la digestión, mientras un satisfecho en su casa, muy tranquilo, se prepara un plato a partir de las sobras de las comidas de los días anteriores, a base de mezclarlo todo con todo, en una sartén, salteado, o bien puesto sobre una masa de tarta, unificado todo con un par de huevos que todo lo unen. Luego de cocido, consumido en un suspiro, para rellenar el bache del aire, y por no tirar, porque no hay mayor picardía en el mundo que desechar comida en buen estado.

Tirar comida es lo contrario de tener hambre. También se dice “pasar hambre” cuando el tener hambre pasa a ser un estado crónico. Tirar comida es una de las actitudes que viene con el concepto de civilización, si civilización es distinción, que también es discriminación. Se discrimina o distingue un individuo de otro, por su modo, por la consonancia de su hambre. Los animales son meramente vocálicos en este sentido, el ser humano está en consonancia, es decir, en la cocina de lo que se puede decir.

Quien dice brócoli, está posicionándose ante otro individuo de acuerdo a su formación, esto es, su experiencia. La definición de su cultura está en el hambre y en la posibilidad de ser interpretado: no es lo mismo decir lomo que decir choripán. Y sin embargo, las energías se renuevan en ese intersticio que deja la ingesta, y ya tenemos fuerzas para dar otro zarpazo, para hacer del mundo un lugar menos oscuro, o para saber robar.