Un texto que se entromete con lo más oscuro de estas brisas heladas

Brisas heladas es una historia vincular, que estremece por el juego de planos escénicos, el juego de luces, el juego de género -entre dramático y policial negro- y fundamentalmente, el juego verbal, corporal e integral de los protagonistas con sus pasiones, conflictos e intereses.

La escena inicial ubicada en el tiempo presente de la historia plantea la problemática situacional aunque el discurso de negación del problema en boca de Mabel, afirma la existencia lúgubre de un acto inhumano cometido. A pesar de la insistencia de la detective -que indaga, bucea, desata el nudo emocional de la hermana detenida por la muerte de su hermano Bruno-, no hay emisión de palabras referidas al suceso, pero si posibilita el raconto de Mabel hacia la escena de la muerte.

La aparición y desaparición de la detective en un plano lateral del escenario funciona a modo de “click” para la apertura y cierre del tiempo presente. Su interrogatorio sostenido sobre la hermana sospechosa del crimen de Bruno es puente para habilitar el plano central de la escena, donde los hermanos transitan el proceso de conflictos familiares, personales, económicos, amorosos y desorientaciones vividas, en un contexto de clase social sin necesidades básicas, dentro de un pasado reciente, pero donde la ausencia de afectos y sentimientos contribuye a la desafiliación de los hermanos.

Mientras un plano lateral del escenario responde al universo de Mabel, la hermana perturbada por complicaciones en su matrimonio y hasta en su rol materno, que llega de un viaje al departamento de su hermano con “buena onda” y buscando un encuentro y ayuda para reorganizar su vida; su hermano Bruno ocupa el otro lateral del escenario y muestra su conflictiva amorosa y delictiva, porque es el amante de Carmen, la mujer de su jefe, al que pretenden estafar con un dinero, que no le entregan y por el cual son perseguidos y amenazados dentro de un entorno mafioso.

El despliegue de insatisfacciones y desbordes emocionales tanto de  Mabel como de Bruno, los hermanos enemigos y adictivos al alcohol,  se concreta en la proliferación de todo tipo de choques verbales, corporales, de pensamientos y acciones hasta el desenlace crudo, definitivo, de la muerte de uno de ellos.

El realismo de este drama policial nos estremece por la identificación con nuestra realidad cotidiana, actual, donde la pérdida de la filiación familiar y social es de una innegable frecuencia dolorosa.

Es notable la dimensión del rol femenino, que en los tres personajes de la obra adquieren una representación compleja de la historia del género. En Carmen está el modelo tradicional de la mujer engañadora, inescrupulosa, desafiante e indolente. Mabel es la mujer alienada por sus carencias, errores y una soledad insoportable, que trastorna la lógica de construir su lugar en el mundo. La detective es la mujer en búsqueda de una verdad que frente al poderío económico se desarma en la desintegración de la justicia.

De alguna manera, la obra interpela a la sociedad, en su conflictiva central, porque nos lleva a interrogarnos acerca de nuestros vínculos, nuestros modos de  existencia, el destino de nuestras instituciones tradicionales, nuestros deseos personales, sociales; porque el trasfondo del poder económico manipula a quienes podrían salvarse de la erosión de valores humanos, si el desequilibrio y la locura no nos invadieran tan fácilmente.

El hiper-individualismo postmoderno y el azar se erigen en la figura maléfica de la muerte, instigadora de la decisión de ambos hermanos, quienes toman las armas como el alcohol en un juego descontrolado que destruye la conciencia y la posibilidad del amor.

El triunfo del mal nos instala en la ambigüedad de nuestros tiempos, en el desamparo de vidas errantes, en las inquietantes desorientaciones de quienes siendo jóvenes padecen la ausencia de proyectos benefactores.

La historia resulta fiel al género dramático del policial negro. La espesura del clímax se registra en el plano sonoro de las voces, que se agigantan en gritos, a través de los reproches, humillaciones y sentencias. La música acompaña los tonos y progresos del drama. Los estampidos de balas clausuran la tensión y dejan a los espectadores sumidos en las tinieblas de esas “Brisas heladas”.

La técnica de luces opacas para las escenas más lejanas o accesorias y las focales para la escena fraterna va adaptándonos hacia el centro luminoso de la confrontación límite, que destituye el sentido lógico de la vida al mismo tiempo que eleva el sin sentido de la locura y la destrucción.

El tiempo escénico se sostiene por la dinámica y precisión de los eficaces parlamentos, que condensan, en diálogo, la trama del conflicto, sin caer en densidades abusivas.

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Dramaturgia y Dirección: Gustavo Postiglione  

Asistente de dirección: Viviana Trasierra

 Actúan: María Celia Ferrero, Juan Nemirovsky, Adriana Frodella, María Eugenia Solana

Escenografía y vestuario: Ana Julia Manaker

Maquillaje y Peinado: Ramiro Sorrequieta                      

Puesta en escena en Teatro Arteón (Sarmiento 778) Rosario

Desde el mes de Abril-Mayo y continúa los sábados de Junio de 2013 a las 21.30hs.