Una reseña personalísima sobre la última obra de Sebastián Villar Rojas.

Salir un poco de la PC, sacudirse de los formatos audiovisuales e ir al encuentro con cuerpos en vivo, una curiosa premisa para sumergirse en el teatro rosarino y ver qué pasa en esas aguas.
Esta no era una oportunidad casual, sino que con cierta premeditación me senté en la butaca dispuesto a salpicarme de un espectáculo cuyo título me generaba un poco de expectativa: El exterminador de caballos. Más aún, teniendo en cuenta que la dramaturgia y la dirección están a cargo de lo que solemos llamar un director joven, perteneciente a una nueva camada, se armó un combo que puso tono a mi cuerpo.
La obra va de la comedia ligera al drama puro y duro, con historias enredadas, donde los temas del amor, el dinero, la soledad, la locura, la obsesión, circulan entre la pareja, tríos, cuartetos y un sin fin circular.
Historia de cuatro seres hiperurbanos, creíbles, con esa tierna soledad, tejiendo y destejiendo vivencias fantásticas, aventuras casi alunadas.
Las pinceladas cinematográficas, que se suceden en algunas escenas, con referencias fuertes a reconocibles símbolos, la acercan a pasajes a lo Woody Allen y la mítica sitcom Friends con un fuerte anclaje localista. Entonces, estallan las discusiones sobre la propiedad  privada en una sociedad fragmentada y marginada al consumo y al deseo de alcanzar una frivolidad que atenúe la frustración y el desencanto.
La trama se sucede entre una pareja, la mejor amiga y el cuarto en discordia, un objeto, “el milagro de la pastilla”, y no la que te saque de la Matrix, la de la argentina ansiolítica, la pastilla maravillosa, la pastilla perfecta…la del amor…enfermo y eterno.
La ambición, el sueño de la casa propia, los vínculos, el pasado que se confronta, acá y ahora, un acercamiento a lo reconocible  en tanto popular, con una fuerte velocidad y la intimidad estallada, desdibujada como la de las redes sociales. La obra se construye con el juego del intercambio a lo Sueño de una noche de verano de Shakespeare, con el amor que no cura sino que enferma, con el deseo material cueste lo que cueste.
La propuesta de Sebastián Villar Rojas, con una fuerte referencia local, te lleva a un pequeño paseo por los años 90, con marcados símbolos que marcaron la idiosincrasia argentina hasta desvelar un presente donde el cliché se multiplica como en una sala de espejos, reflejando realidades cotidianas opacas e insustanciales.
Un elenco integrado por Marina Lorenzo, Juan Biselli, Lumila Palavecino y Luciano Matricardi, realmente a la altura de la exigencia, sostiene la escena con todo, diciendo hasta lo indecible de un texto por momentos empantanado. Los pasajes de frenética comedia que giran en torno a un drama embotado me llevaron inevitablemente detrás de  un cristal empañado, obligándome a hacer un esfuerzo por enfocar.
El fuerte y sostenido aplauso del final de la obra, con el agotamiento de haber jugado el partido de 90 minutos, más los 15 de alargue, se traspasa a esas muecas de felicidad de los actores, luego de haber entregado todo.
Salir agradeciendo este choque de cuerpos vivos, esta interpelación que El exterminador de caballos propone me lleva a una conclusión: señores, el amor en grageas no existe.

La obra se estrenó el 6 de abril y se mantuvo durante tres meses consecutivos en el Cultural de abajo con gran repercusión y público.

Contó con producción de Gina Chesta, fotografía de Martín Domínguez, vestuario de Cuarto Cuatro, escenografía de Rafael Equivocado, diseño de sonido de Juan Biselli junto a Villar Rojas, diseño de iluminación de Carolina Díaz Kelly, diseño gráfico de Virginia Aloe, realizaciones audiovisuales de Hemisferio films, asistencia de dirección de Laura Piedrahita y Marisol Pérez Cortés y Prensa de Compa.