Recordar la pobla y el resumo de sobaco y ropa con olor a detergente, de saber que ya no vivo en ese paisaje del Santiago sur, donde aún los bloques de tres pisos siguen siendo la estantería habitacional de los pobres, el amontonamiento ilusorio progresos encajonados en esos pocos metros de convivencia. Que digo, si la llamada convivencia, allí, es una jaula de llantos, peleas y gritos que atraviesan las frágiles murallas, los tabiques de cartón de mi viejo barrio que nunca me quiso, nunca me soportó y menos pudo imaginar que el maricón del tercer piso le daría una estrella de gloria a la descolorida pobla. Porque ahora, a veces, al regresar, casi todo el mundo me saluda, me reconoce, me felicita, y nadie se atreve a gritarme la vida como entonces, cuando tan chico, apenas un niño, debía dar un rodeo de tres cuadras para no pasar frente al grupito de la esquina, la patota del club deportivo siempre con la talla a flor de labios, siempre con la burla cruel que hería mis oídos, que me hacía odiarlos a muerte e imaginar que yo podía transformarme en superman y con una mirada de rayo láser cortarles las cabezas. Por eso hoy recuerdo esa infancia con algo de ternura y rencor, con sangre amarga que tragué después de alguna golpiza, con ese gusto opaco del semen proletario en el tufo del amanecer, esa primera vez (puede ser) que un macho pendejo excitado me hundió la cabeza en la selva hormonal de su entrepierna.

Al partir mi madre cerré ese capítulo, ya no había nada que me atara a esas cajas de cemento y a los tierrales sin alma de la zona sur. Ella se llevó de un plumazo funerario mi biografía rasguñada en esos escampados. Y así de simple, como quien cambia de camisa manchada de rubor, me mudé del territorio, descubrí una casita flaca y sin bulla en un pasaje de Bellavista, cerca del río, a los pies del cerro San Cristóbal, en la calle Loreto, columna vertebral del Gay Town santiaguino. Pareciera pecar de esnob (que vieja palabra) al bautizar así al barrio coliza de la capital, pero no exagero y tampoco quiero develar tanto el sobrio territorio marica que, poco a poco, fue instalándose en las riberas del parque Forestal y principalmente en Miguel de la Barra, la calle más amplia de la urbe, que tiene cierto encanto neoyorquino, como diría una siútica. Desde allí, bajando el cerro Santa Lucía por atrás, donde la municipalidad instaló una fontana de agua con Adán y Eva, al estilo florentino (very Europe) se puede comenzar el tour gay que ya ha dejado atrás la parisina calle Rosal, como también los sex shops al final de la calle Huérfanos y la esquina del levante erótico donde los taxi boys ofrecen su pelvis remunerada simulando que esperan un colectivo. De caminar distraídamente por allí, hacia el parque, resaltan algunos cafetines en la vereda, con las típicas parejas gay, mirándose a los ojos en el vapor del café cortado (¡zas!). Pero nadie podría calificarlos de homosexuales con sus atuendos de moda varonil con marca a la vista. Nadie podría suponer que esos hombres de mediana edad viven juntos en algún departamento de calle Mosqueta, la corta callejuela sombreada de árboles que, hace diez o quince años, fue acogiendo la necesidad proscripta de las nupcias maricuecas. La calle de los fletos, le dice la homofobia a Mosqueto, el primer condominio gay de Santiago centro, que me hace recordar la situación de la calle Castro en San Francisco, un territorio poblado de minorías chicanas en los años sesenta, y que luego de ser ocupado por la invasión gay subió su avalúo, transformándose en el barrio fashion de la maricada gringa. Por lo cual, los mexicanos, cubanos, negros y dominicanos tuvieron que abandonar el lugar por el alto precio al que se elevaron sus rentas. A veces ocurre que la sofisticación del mundo gay opera de manera segregadora con otras minorías, de seguro por el “buen gusto marucho” en la decoración, afirulando su hábitat más allá de los límites convivientes.

Ojalá no ocurra algo similar con el gay town santiaguino, que atardece plácido en la calzada otoñal que se hace parque. Por ahí, pisando el metal óxido de las hojas, una loca cetácea de gorda lleva de paseo una rata de perro chihuahua como si llevara un monedero. Más allá, otra loca enana y regia con su teñido pelo de coipo al cloro arrastra un gran danés que insiste en mear en todos los árboles que verdean el sendero. A la distancia viene una pareja del coliseo canino, observando con emoción a su dálmata que le olfatea la cola a un quiltro plebeyo. ¿Qué fantasía perruna acompaña este deambular gay por la foresta del parque? ¿Qué orfandad de barrio los hizo ubicarse en este rincón del centro, que no es el barrio alto, pero tiene estilo? Tiene ese no sé qué nostálgico, me dijo un gay hediondo a Paco Rabbane mientras acariciaba las zungas de cebra en una tienda de lencería para hombres en Miguel de la Barra, al lado de la librería Metales Pesados. Pero el gay town del otro lado del río no tiene la misma categoría, agregó la loca con una mueca de desprecio. ¿Y por qué es otra la categoría del barrio si todos los maricones que se ven por aquí son casi iguales?, le dije a punto de abofetearla por clasista. Lo que pasa que este lado es residencial y el otro lado es más de jarana, carrete, como te explico, es más chimba, ¿me entiendes? Nunca podría entenderla, pero en algo tenía razón, porque cruzando el puente Loreto se despliega un chorizo de boliches lésbicos y discos gay que llegan hasta las faldas del San Cristóbal. Pero justo al doblar Bellavista, el sauna Sodoma recibe de madrugada a la resaca copetera del dancing. Casi en la esquina de La Chimba marica, en el bar El Toro, se junta la manga televisiva y la tolerancia artística. También aquí se puede encontrar en sus noches de tamboreo farandulesco al ramillete de locas cuicas con su bronceado cochayuyo paltón. De Loreto al fondo, la noche se envicia Madonna con el zapateo disco de sus locales, hay de todo lo imaginable en este rubro, espectaculares shows de drag queen, vedetos desnutridos agitando la diuca por cinco pesos, cafés con piernas peludas y elegantes restaurantes de comida española para azafatos de Lan Rosa.

En fin, por último, le dedico unas líneas a la esquina de mi casa, saltando la calle, el almacén de Marcelo siempre está lleno de gente, enfiestado por su eterna sonrisa. Al lado, la botillería donde rezonga el tango su enamorada traición. A la vuelta, las chicas del salón de belleza, todas rubias, cada quince días me rasuran las cuatro mechas de mi cráneo mariposón. El quisco del diario, en la punta, me ofrece cada mañana los titulares noticiosos de las portadas. Y allí me quedo un rato, pensando que este barrio no lo elegí por gay o taquillero. Algo de su trasnochado ardor se me impuso. Algo de su generosa complicidad me da licencia para vivir como quiero, sin los terrores periféricos que me hacían temblar. Me quedo un momento mirando la frivolidad noticiosa de los diarios, justo cuando el señor del quiosco amablemente me pregunta: ¿No va a llevar su periódico, don Pedro?