Por ClubdeFun
Notas de este autor

2 septiembre, 2015

I
En el marco del XVIII Festival Internacional de Poesía, el escritor dominicano Frank Baez visita la ciudad de Rosario.

Baez arriba a la ciudad con un itinerario en mente que rápidamente se verá alterado. La urbe que le sirve de centro de operaciones para perseguir a Cesar Aira, su ídolo literario, comienza a resultarle hostil. Algo no se siente bien en el aire y probablemente excede el sopor habitual que puede sentir cualquier habitante del trópico que visita estas latitudes.

Baez sospecha que todas las ofrendas que recibe, incluidos los generosos pechos de Gaby Bex, no son más que distracciones, artilugios y mañas de veterano para ocultarle un secreto inconfesable. El poeta recorre la noche rosarina junto a Washington Cucurto, eximo bailarín de cumbia, siguiendo la pista de un boliche en el que bailar. El dato refería a una especie de disco itinerante que movía su sede a diario. Tras un par de jornadas de búsqueda infructuosa, caen en la cuenta de que se hallan a la caza de una quimera.

La experiencia moviliza tanto al domicano que decide dejar registro en la novela que contundentemente titula “En Rosario no se baila cumbia”.

La denuncia de Baez podía ser apenas la punta del iceberg. La predilección por un estilo musical u otro tal vez solo era el síntoma de un mal mayor. Rosario podía estar perdiendo el espíritu lúdico. ¿Era realmente así?

II
Conocí a los Norma Pons en un momento clave. Estaba a punto de cumplir los 30 y la noche nos había dejado huérfanos, vagando en el inexorable sendero del desasosiego.

La misma noche que nos convirtió en adictos a la música en vivo nos obligaba ahora a las peores vejaciones para obtener minimas dosis de ella. Un combo fatal de regulación municipal asfixiante (que entre otras cosas no permitía el baile si no se contaba con habilitación de boliche bailable) e impericia propia de las bandas (que no lograban sortear las trampas de una coyuntura desfavorable) empujaban a la escena rosarina peligrosamente cerca de las costas de la previsibilidad y el tedio.

La diversión, que venía en el mismo empaque que nuestra juventud, resultaba ahora trabajosa, premeditada, insulsa. Los titubeos de la escena empezaban a coincidir con los personales. Paralelo a estos sentimientos, Carlos Masinger (lider de los Norma Pons) busca nuevas formas de contar historias. Abandona temporalmente el plano cinematográfico (“Los Hombres Humanos”, “Sábado Hawaiano”) y comienza a incendiar fiestas de cumpleaños, bar mitzvás y cualquier reunión clandestina de la mano de un hit imbatible: “Discoteca”. Aquella proclama generacional no solo describía con precisión quirúrgica una sensibilidad común, también proponía un éxodo masivo a través de un mapa que aún había que delinear. La banda, todavía en estado embrionario, comenzaba a crecer desde la contracultura.

Con las maquetas de las canciones delineadas, Masinger comienza un casting ambulante sobre los escenarios más remotos. Los Norma pasan de 2 integrantes a un ensamble de monos desalineados en cuestión de meses. La música gana en colores. Los bosquejos van cobrando vida propia.

La formación queda finalmente conformada con Masinger en ukelele y voz, Julián Sanzeri (Los Buenos Modales) y Diego Picech (Rosario Smowing) en el tándem rítmico, Roberto Rojas (Mamita Peyote) a cargo de las guitarras, Alejandro Gonzalez (Nemo Group) marcando el pulso y Agustín Spiaggi en la bata.

El grupo no tarda en ganarse a un público que encuentra en la huella de los Pons territorio propio y que reclama a gritos el registro del primer disco. Las condiciones parecen propicias pero Masinger se mantiene ajeno al reclamo, como esperando algo más. La musa inspiradora declara entonces: “Nací para ser amante y puta”. Los Norma se internan esa misma tarde en los estudios de grabación.

III
Masinger disfraza sus engendros con trajes de niños buenos. El truco no difiere demasiado del de un vendedor de biblias o un analista contable. Eregido sobre arreglos tan logrados y pegadizos que parecen haber escapado del acordeón de Andrés Landero, la pluma de los Norma puede ser tan profunda y sagaz como imperceptible. En ese contexto, la ironía se presenta como el único horizonte y camino posible.

En “Para ser feliz”, primer trabajo discográfico de la banda, los muchachos juegan el juego desde el primer instante. Si el título del material ilusiona a algún seguidor desprevenido de Paulo Coehlo con encontrar un disco de autoayuda (???), esa oscura pretensión queda desbaratada en el primer verso: “Para ser feliz / No tengo nada…”. En el tema que da nombre a la placa la lupa se posa sobre “el sueño argentino” del “family sticker” (“Tenía una familia / y un auto que alimentar”).

En realidad “Para ser Feliz” es la primera de 2 entregas que pertenecen al mismo proceso compositivo e incluso de grabación. “La Gimnasia del Olvido”, filtrado tiempo después en Youtube, complementa el puñado de canciones que representan el único registro de los rosarinos.

El impulso por satirizar todo se hace presente a lo largo del material. En “Alpinos” la mandolina maliciosa de Picech pone en un lugar tan lejano a los maltrechos alpinos hasta transformarlos en personajes de un cuento infantil.

El ritmo se transforma en el eje conductor. En “Vampira” el auto denominado “ritmo meteórico” alcanza niveles altísimos en la escala de Ritcher. La historia de una vampiresa más cercana a Wanda Nara que a un personaje de Bram Stroker, es apenas una excusa para dar rienda suelta a una melodía frenética. En esta misma línea más bailable se destacan “Bochinche”, “Cariñito” y la mencionada “Discoteca”.

La elegancia de la guitarra de Rojas gana presencia en “Negra” y le da otro vuelo a una bellísima pieza en tono confesional. “Canibales” probablemente sea el tema en que los Norma mejor logran articularse. Todo parece en su lugar y en su justa medida para dar lugar a un clásico instantáneo. “Pablo” es otro punto fuerte. Como salida de un paseo en bicicleta con Leonardo Favio, el tema describe un paisaje cálido e intenso. La persiana la baja la hermosisíma “Sesenta”, en donde la lógica matemática se ve desbordada por un desamor.

Paradójicamente, el debut discográfico de los Norma marca también su fin. Antes de que ni una sola copia de “La Gimnasia del Olvido” vea la luz, la banda se disuelve repentinamente.

IV
El 29 de Abril de 2014 la musa inspiradora dice adiós para siempre en un frío departamento de Palermo. La onda expansiva alcanza a unos pibes de Rosario que tiempo atrás se juntaron con la aspiración de hacer una música que tenga su mismo desparpajo. Pienso que lo lograron.

Los Norma Pons ya no subirán a ningún escenario pero dejan atrás un legado de grandes canciones, presentaciones furiosas y lo más importante de todo: un mito en el corazón de la bohemia rosarina. Un rastro digno de seguir para los Baez y los Cucurto del futuro.

Por Guillermo Moglia