Por Rebecca Mead
Notas de este autor

23 septiembre, 2014

No hace mucho, desenterré un cuaderno que creía perdido para siempre: una pequeña libreta azul en la que, por un período de unos cuatro años, anoté el título de cada libro que leía ni bien lo terminaba. El registro comienza a mediados de julio de 1983, más o menos al principio de las vacaciones de verano antes de mi penúltimo año de la escuela secundaria, y el primer libro de la lista es Dr. Zhivago, de Boris Pasternak. Yo no recuerdo haber leído ese libro, o por qué pensaba que su lectura merecía encabezar la lista. Probablemente, tuve la sensación de que la literatura rusa era importante, pero todavía nadie me había apuntado en la dirección de Tolstoi. El siguiente fue Maximo Gorki, La vida de un hombre inútil. (Ídem). Antes de que terminara el mes, ya había pasado a través de El amante de Lady Chatterley en un solo día -desde luego recuerdo la experiencia- y también me había despachado con Retrato del artista adolescente.

 

Hojear el cuaderno me proporciona el placer de recuperar una provisión de fotografías perdidas hace mucho tiempo. Algunas de las imágenes están fuera de foco, algunas presentan a individuos cuyos nombres han sido olvidados hace mucho tiempo, y otras proporcionan momentos de agudo reconocimiento. En febrero de 1984, bajo la influencia de un novio que se consideraba poseedor del ingenio de Wilde, leí La importancia de llamarse Ernesto. (Uno nunca olvida su primer aforismo) Aquel marzo, leí El Proceso, que vagamente recuerdo me fue recomendado por algún otro joven de gran seriedad e inclinaciones literarias, pero exactamente qué otro joven ahora se me escapa. En mayo, cuando tenía diecisiete años, leí Middlemarch en el espacio de dos semanas, un recordatorio de lo poco que había para hacer en mi pequeña ciudad costera inglesa. El novio wildeano vivía, exóticamente, en la lejana Londres, un arreglo útil si uno está desarrollando un gusto por las novelas del siglo XIX. Un par de meses más tarde, consumí Daniel Deronda, también en dos semanas.

 

No hice ningún registro de lo que pensé de ninguno de estos libros; en mi ranking privado, no hay ningún sistema de estrellitas. No hay ninguna indicación de por qué elegí las obras que elegí, aunque dado que compré la mayoría de mis libros a bajo precio, en tiendas de segunda mano, la selección fue dictada por la disponibilidad. (Eso probablemente explica por qué mi primer Henry James, en julio de 1984, fue Los europeos, en lugar de Retrato de una dama). La mayoría de ellos eran textos que nadie me asignó, al menos en los años anteriores a la universidad , aunque hay una cierta inevitabilidad en la aparición de muchos de ellos: es axiomático que una mujer joven que lee descubrirá La campana de cristal, como yo lo hice en septiembre de 1984. Éste fue un plan de estudios que incluyó algunos títulos sacados de los estantes de mi hogar; otros que vinieron a mí por amigos en la escuela; aunque algunos otros recomendados mayormente por el logotipo de Penguin Classics en su lomo.

 

Mi lista tiene sus limitaciones. Se inclina hacia los clásicos de la literatura inglesa desde el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, y, aparte de excursiones a los rusos y los europeos, no es muy amplia geográficamente. Hubo poca literatura contemporánea en ella hasta que descubrí la riqueza del sello en rústica Picador, mientras estaba en la universidad: (Milan Kundera, Julian Barnes, Salman Rushdie, Gabriel García Márquez, Italo Calvino, Ian McEwan). El cuaderno se esfuma en el año 1987, alrededor de mi vigésimo primer cumpleaños, momento en el cual no sólo estudiaba literatura, sino que también reseñaba libros para una revista de estudiantes. Uno de ellos fue el último título en mi lista: Mensonge, una sátira de la literatura post-estructuralista, por el novelista británico Malcolm Bradbury. Que fuera este libro el que terminó con mi catálogo -que en mis años de universidad abarcó Chaucer, Dante, Milton, Donne, Shelley, Coleridge, Eliot, Yeats- se me antoja algo así como lo que los deconstruccionistas llamaban lúdico.

 

Después de que encontré el cuaderno, twitteé una imagen de una de sus páginas, que cubría cuatro meses de mi lectura a la edad de diecisiete años. Entre los títulos estaban Grandes esperanzas, Las Olas, tres Austen, y dos Fitzgerald, así como libros de Elias Canetti, Dostoievski, y William Golding, para quien, el cuaderno me recuerda, yo tenía un gusto especial en aquel tiempo. Una respuesta: “¿No hay lecturas divertidas o placeres culpables?”

 

Es una distinción común y bastante fácil hacer esta separación entre los libros que leemos porque queremos y los que leemos porque tenemos que hacerlo, y que sirve como un tropo de marketing útil para los editores, especialmente cuando están tratando de hacer que los lectores lleven a la playa este libro en lugar de este otro. Pero es una división errónea y perniciosa. Esta vinculación de placer y culpa pretende ser una tentación, no una advertencia: la lectura por placer culpable es como dejar de lado la dieta solamente por un día, es malo pero relativamente inofensivo. La distinción parte de un puritanismo cultural envilecido, que insiste en que la única clase de diversión que se puede tener con un libro es de tipo frívola, o que es necesariamente placentero leer algo accesible y fácil. Asociar el placer y la culpa de esta manera supone una autoridad anterior que nos regaña, una que insiste en que la lectura debe ser un trabajo.

 

Pero hay placeres que se pueden obtener de los libros más allá de estar entretenido a la ligera. Está el placer de sentirse desafiados; el placer de ver los propios límites y capacidades expandirse; el placer de entrar en un mundo desconocido, y ser llevado hacia la empatía con una conciencia muy diferente a la propia; el placer de conocer lo que otros ya han pensado que vale la pena conocer y entrar en una conversación más amplia. En mi catálogo hay algunos libros que estoy segura de que estaba -para usar una expresión aplicada a los niños de escuela primaria- decodificando en lugar de leyendo. Tal, sospecho, fue el caso de Ulises, un libro que leí a los dieciocho años, sin haber leído “La Odisea”, que podría haber profundizado mi apreciación de Joyce. Aun así -y sobre todo cuando se considera la adolescencia- no debemos subestimar el verdadero placer de estar satisfecho con uno mismo. Lo que mi cuaderno me ofrece es un retrato del lector como una mujer joven, o por lo menos, un boceto. Quería leer bien, pero yo también quería ser bien leída. El cuaderno es un pequeño historial de logros, pero también es un esquema de gran aspiración. También hay placer en la ambición.

 

Nos hemos acostumbrado a oír a novelistas comerciales expresar su frustración por la forma en que sus libros son tomados menos en serio que aquéllos considerados más “literarios”: quienes reseñan el libro no les prestan suficiente atención, mientras que los editores dan a sus obras portadas predecibles y seguras. En este debate, los argumentos académicos que se han expuesto durante más de una generación, acerca de la validez o no de un canon literario, se encuentran con el mercado. El debate tiene sus méritos, pero menos discutida ha sido la consecuencia inversa de la distinción popular literaria: que las obras literarias, en especial las que no fueron escritas el año pasado, se colocan en el polo opuesto a la diversión.

 

Mi lista me recuerda a una época en la que yo estaba más o menos en la ignorancia de esta proposición. Puede que no incluya ningún ejemplo de lo que más tarde aprendí a llamar “ficción comercial”: por ejemplo, yo no leí Mujeres de Hollywood, de Jackie Collins, que se había publicado el mismo año que empecé la lista, y no estoy segura de que incluso haya oído hablar de él. Pero no puedo imaginar que me pudiera haber dado más placer de lo que lo hicieron las tribulaciones románticas que se despliegan irónicamente en Emma, o que sus satisfacciones, posiblemente, podrían haber sido mayores que las ofrecidas por el lirismo y el drama muy adulto de Suave es la Noche. La falacia de que los placeres que ofrece la lectura deben ser necesariamente aquéllos a los que se une un sentido de auto-derrota y de vergüenza nos da una definición muy pobre de la gratificación, cualquiera sea libro que elijamos sacar de la estantería.