Por Leonel Giacometto
Notas de este autor

10 noviembre, 2014

No hay imagen, no hay video, no hay audio, no hay nada de lo virtual, no hay palabras ni texto, no hay boca a boca que pueda representar o, mejor dicho, dar cabal crédito a aquello que, para bien o para mal, uno siente frente a la experiencia teatral. Ni desde adentro ni desde afuera esto sucede. La experiencia del cuerpo humano vivo en un espacio físico delimitado haciendo de otra cosa que no es para que otro lo mire, escuche, escriba, imagine, huela, piense y sienta, no puede ser igualado. Mejor así. Todos seremos defraudados, a fin de cuentas. Lo irremisible no es negativo si el resquicio muta ficción. Esto es un decir. Dentro del teatro suceden cosas que no pueden nombrarse. Y, desde adentro, desde quien o quienes lo hacemos, hay un universo paralelo que a su vez, se expande y se contrae en otros mundos posibles. Otro decir. Los ensayos son un mundo; las funciones, lo irremisible. El público sólo accede a una parte de ellos. El resto, son leyendas urbanas.

Garaje de representación

Si no sucede en un teatro, el teatro sucede en otro lado. Esto pasa todos los días si uno lo mira con atención. Pero el mal venir de los pisos inferiores en los que a veces está esta cosa de todos los días, como el tiempo, lo degrada todo. Por eso cuando el teatro sucede fuera del teatro, de vez en cuando, como la leyenda urbana que dice que alguien latente habita cuando uno ensaya, el mal no es omnipresente (nunca lo es, en realidad, no habría ficción en todo caso –al menos) y suceden, para ponerles un nombre, acontecimientos teatrales. Lo de acontecer tiene que ver con la ocurrencia de hacer teatro desde un espacio físico altamente reconocible y familiar para quien lo hace; y para un público que desea que las cosas simplemente ocurran con el devenir del cuerpo vivo actuando en un espacio real a merced de toda la voluntad del ejercicio teatral. Un recital de cualquier tipo de música, un acto político, coger, pelear, pagar, quejarse, una obra de teatro en una casa de familia, para ser más claros, en Cerrito 1613, y por ejemplo, en Rosario.

Ópera Negra

Vox

Veníamos del mismo lugar pero no de los mismos lugares. Nos conocíamos desparejamente. Todos habíamos escuchado, al menos, el nombre del otro. Esto es un sistema de confianza común en teatro. Los resultados, como el público, lo irremisible.
Abusada y sobrealimentada por un extracto teatral con mucha actuación y mucha pereza de dramaturgia y dirección, la apuesta (otros la llaman “dramaturgia de actor”, pero es más si es verdadera), fue un acontecimiento teatral que se gestó desde los encuentros de todos con todos en la casa donde después se haría Ópera negra, con apenas dos o tres premisas verbales iniciales y con mucha voluntad de acción. Otras palabras abusadas.
Un trío de actores y un director que venían de otros acontecimientos teatrales (Lo mismo que el café y Artificio casamiento, ambos de Rody Bertol), la intención sobre La voz humana, de Jean Cocteau; el sistema de confianza, el devenir de esa cosa de todos los días como quien dice, y la firmeza sobre el espacio físico (la casa de Marcelo Díaz) como lugar de teatro. Pasajero, sería, como un toldo de seda.

Ópera negra

No fue una obra de recorrido. El público no tenía que recorrer la casa en busca o a la espera. Había que esperar afuera hasta que la puerta se abriera. Entrada mediante, el público accedía a un garaje y se sentaba sobre una tarima en la que, amuchadas, entraban alrededor de veinte personas por función. Fueron dos, tres y hasta cuatro funciones por semana. Duró unos meses. Fue en 2005, pero empezó en 2004. El título provisorio fue Vox, pero se llamó Ópera negra. Actuaron Alejandra Codina, Raquel Elorza (Jaki) y Gustavo Maffei. Marcelo Díaz la dirigió. Yo hacía de dramaturgo. Cecilia Bolis y Cristian Ayala, los asistentes. Todo hicimos todo, en realidad.

gustavo maffei -opera negra 2

Ópera Negra

Divas desalojadas

En un correo electrónico interno del grupo, con fecha 12 de agosto de 2004, Marcelo Díaz, ya promediando las improvisaciones, los encuentros y los ensayos, dice lo que será Ópera negra: Se trata de tres hermanas: Pinocha, Celeste y Amira. Pinocha es la única que no vive en la casa ya que está casada con Eduardo. Ellos viven enfrente y tienen un pequeño comercio de juguetes. Pero en su juventud estudió e hizo teatro. Amira es recibida en Peluquería. Llora todo el día por todo lo que pasa. Se siente la dueña de la casa, de la herencia, de todo. Se dedica también a ayudar a la gente necesitada alojándola en la casa. Celeste es la hermana que cree que más sufrió desde que nació, nació casi ahogada por el cordón umbilical y cada doce años tuvo fuertes enfermedades que la dejaron al borde de la muerte pero de todas se salvó. Es poderosa mentalmente, ve cosas, lee el tarot pero tiene una verdulería en el garaje. También es repostera. Si bien no eran de familia pobre, por diversos descuidos y por no poder actualizarse en sus comercios están fundidas por una deuda que tienen con la DGI. En los últimos meses han intentado toda clase de micro emprendimientos para tratar de saldar la deuda y no perder la amada casa familiar que ya tiene fecha de remate. Ninguno de estos intentos resulta. Todas son empresas destinadas al fracaso. Entre estos intentos, Amira se dejó crecer el pelo para ganar un record guiness (…) Hasta que un día Pinocha propone el último intento por salvar todo, propone la última esperanza que les queda: poner un teatro en el garaje y hacer una obra de teatro. (En esta obra cada una hará de sí misma muerta rondando por la casa como fantasmas, como espíritus que buscan alguna manera de salir de allí. De esta obra no pueden volver y quedan para siempre atrapadas en esta ficción).

Tres ventanitas de un portón

En un momento de Ópera negra, después de haber visto bolivianos ilegales en el patio, después de sentir la misma duda sobre si poner el calefón en tres o en cuatro, después de comer, después de tres figuras oscuras a través de tres ventanitas de un portón que se abría a la calle Cerrito, de noche, mientras los autos pasaban y uno que otro vecino relojeaba como quien dice, una señora mayor aparecía por enfrente y recitaba un poema de su autoría sobre la placentera barbarie de vivir en un barrio. Y más después, después de un irreproducible playback de Maffei en un árbol, mientras papelitos caían desde la terraza, después de Codina irse con su auto rojo, dar una vuelta y volver (a veces con compañía) para estacionarse a menos de diez centímetros de las primeras piernas del público de la tarima de abajo, después de Jaky intentando no dejarse ganar por demonios y cortinas, después, en realidad, después es ahora. Y ya no importa. El resto, Ópera negra, que habita en los cuerpos dispersos de quienes lo hicimos y de quienes la vieron. El otro resto, con estas palabras, asiste a una de las posibles pero no cierta ni real formas de transmisión del teatro. El teatro no está aquí.

Enviado el: Domingo, 19 de Diciembre de 2004 10:01:39 p.m.

De: Rody Bertol
Para: potmeil@hotmail.com
Asunto: La obra.

|||Bandeja de entrada

Leonel:
La obra me gustó mucho, me resulto agradable; que no pensaba quedarme a la pizza y me quede a pesar que me estaban esperando, para prolongar lo agradable del momento. Los tres están muy bien, me gustó el monologo de Ale, y vi que en ella hay transformaciones, el monólogo de Yaky también me gustó (aunque esperaba que su personaje en algún momento estallase); el Flaco en los tres registros que atraviesa está bárbaro (a mí me gustó el momento de la magia, y luego escena en la mesa de la cocina con la milanesa, con lluvia del baño de fondo, es un cuadro muy logrado). El momento de los tres en las ventanitas es otro cuadro muy bueno. Me pareció lo mejor de todo el final, cuando se abre el portón, cuando la obra expulsa a los personajes del resguardo del espacio convencional hacia la calle y lo real. Es un eclipse cuando los espectadores se quedan viendo la realidad de la calle, la vereda, el ciber de enfrente, el auto que pasa (¿Que?, de Polanski), y el Flaco que sigue actuando como diva desalojada, y la otra preguntando ya harta si todos afuera también actuan, los papelitos que allí funcionan porque es el “esfuerzo” del director de seguir con el artificio del teatro cuando ya está roto, los personajes que podrían irse en el auto, y alguien que prende la luz y cierra el portón, donde ya no hay obra posible. El texto me parece también un buen trabajo y ahondaría el contraste de su abstracción teatral frente al sitio real, el garaje de la representación, para que en el final también se descomponga el texto. Sacaría el momento pedagógico del teatro invisible, y por otro lado me parece que más que los personajes habiten la casa, tendrían que habitar el drama del desalojo, que se tienen que ir de allí, lo otro es puesta; mayor simultaneidad en las habitaciones, los espectadores como los intrusos que ve Ale en el patio y no tanto como público en la tarima.

 

Fotos: gentileza de Gustavo Maffei