Por Germán Roffler
Notas de este autor

4 diciembre, 2014

La G es una letra redonda como la o, pero absorbida por la vocal e, que nos hace sonreír levemente, achinar los ojos. Puede ser una sonrisa falsa o más sencilla, de apenas aprobación, de justificación, y que puede en una milésima de segundo pasar a ser una sonrisa de desprecio.

Las formas de expresarse del cerebro son misteriosas, Dios no.

¿Los gatos serían amigos de Dios o del Diablo? Le adjudicamos valores y prejuzgamos de forma humana a los animales: el gato, independiente; el perro, “el mejor amigo” (y encima del hombre, no de otro perro), la inteligencia del delfín se suele comparar con la del ser humano, claro que poniendo como máximo alcance la humana. Esto se llama Antropomorfismo, y según Wikipedia: “es la atribución de características y cualidades humanas a animales de otras especies, a objetos o a fenómenos naturales”.

¿El placer es también animal? ¿El sufrimiento también es animal? ¿No deberíamos medir en tanto un ser sufra o desee? ¿Alguien puede negar completamente que el tero que vive en el patio de mi mamá desea? ¿Sufre? ¿Quién puede negar al tero?

(…) + (…) = ffffffhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

Formas de sufrir que medimos con palabras, con los silencios de las palabras que tejen el texto. Medir con silencios, con años de silencios, con la imposibilidad absoluta del silencio.

Algo así iba un poema de Ernesto Cardenal:

Si tú estás en Nueva York
en Nueva York no hay nadie

Y si tu no estás en Nueva York
en Nueva York no hay nadie más.

(…) + (…) + (…) + (…) + (…) + (…) + (…) + (…)

ffffffhhhhhhhhhh

hhhhhhhhh

hhhhhhhhhh

hhhhhhhhhh

hhh