Por Juan Mascardi
Notas de este autor

22 octubre, 2014

Asistir a eventos que jamás iremos, saludar por su cumpleaños a personas que no conocemos personalmente, mirar, chusmear y entrometernos en enfermedades, vacaciones e interiores de viviendas de perfectos desconocidos, autoproclamarnos como los dueños del alarido de emergencia, protestar, chillar, putear, llorar a la espera de un “me gusta” o un “me gustás”, chatear, hablar, sentir, acercarnos a amores extemporáneos, desear, envidiar, criticar, aborrecer, gestionar, maldecir, predecir, escuchar, soñar y quedarnos insomnes, maquillarnos, adelgazar, broncearnos y mutilarnos para la foto, escupir, escribir, tipear, borrar, transformar el pasado en presente y convertir el presente en un augurio de esperanza o desolación, comunicarnos, toparnos con incoherentes suicidas nuevos sacerdotes de las migajas digitales, organizarse, marchar, manifestarse, movilizarse, conocer, investigar, viajar, licuar los sentidos -todos toditos- en nuestros dedos acelerados, en las miradas múltiples y vigilar, vigilarnos, etiquetarnos, feisbukear, rockear y patinarnos, caernos, levantarnos, ansiarnos las ansiedades de pulsiones contenidas.

El mundo cambió y cambiamos. Bienvenidos a la década Facebook

Las primeras veces se recuerdan y no necesariamente por el tránsito placentero, por el recuerdo impoluto o por el fragor de lo nuevo. Puede ser por el gusto a fracaso, por la sensación de un quiebre, por un golpe certero. Así es en el amor y los besos, en el fútbol y los goles, en la universidad y los bochazos. En la red social que creó un muchachito de Harvard hace diez años pasa algo similar. Todos tuvimos una primera vez, todos –los millones de millones- ingresamos por primera vez un día arrastrados por la masa que comenzó a mudar sus egos, sus sábanas y su rouge de sábado por la noche a las tierras digitales.

Así fue en junio de 2008 cuando un amigo colombiano (léase amigo en el sentido estricto de la palabra y no como Facebook considera la amistad) subió una foto de un viaje reciente, me mandó el enlace y para ingresar a ver debía registrarme en una web que desconocía. Quería ver la foto, no dudé y me registré. Vi la foto, pensé que navegaba en una especie de Messenger Recargado, bajé la imagen a mi PC, mi memoria extraíble, el reducto físico de mi pasado y no presté demasiada atención.

Pero la daga venenosa de la curiosidad ya había calado. Al ratito volví a clickear en esa web que nada se parecía a Second Life, esa web que era una red aunque yo no supiera que era una red. En esa micro pausa me empezaron a llegar las primeras “solicitudes de amistad” de personas que –precisamente- no eran mis amigos. Pero hubo una solicitud que me sorprendió: Miguel Lifschitz, el mismísimo intendente de Rosario de aquel entonces quería ser mi amigo. Por aquellos años analógicos, ese mismo día, escribí una nota en un blog de estreno con un pensamiento cuasi cavernario: “La red funciona como una a gran comunidad de amigos de amigos. Como el silogismo de los mortales y Sócrates. Pensemos que la presencia del intendente en Facebook es real y lo utiliza como campaña. Proyectemos el mismo silogismo, si Lifschitz está en campaña y utiliza la red, Miguel (el intendente) es amigo de Juan (Yo), todos los potenciales amigos de Miguel (casi la totalidad del padrón electoral) podrían ser amigos de Juan. Juan no quiere eso. Juan no quiere tener un millón de amigos. Por eso rechazo la solicitud”.

Una agencia móvil

“Muchos pensadores han creído notar que, en estos tiempos, la amistad es más un tema de conversación que una actividad concreta”. Así, Alejandro Dolina, introduce en ‘La decadencia de la amistad’ la temática que se banalizó en canciones hiteras, en programas televisivos que hicieron explotar el rating y en los discursos pronunciados en Bariloche por el fin de la secundaria. Pero la bestia Facebook fue más allá. Es la extensión sensorial del vaciamiento de sentido del reducto de la honestidad, la lealtad y el amor eterno: la amistad. La bestia Facebook dilapidó el sentido de la palabra, extendió el estribillo de la canción de Roberto Carlos a límites insospechados haciendo lucir construcciones que funcionan como espejos de nosotros mismos. ¿Y si Facebook nos cambió? ¿Y si el mayor cambio que introdujo la red azul es que la amistad ya no es la misma que en los milenos anteriores?

En el relato de Dolina se cuenta la historia de la aparición de una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. “Fue la célebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su ‘slogan’ publicitario: “Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas”. El cuento alude a las parodias de los matrimonios, los encuentros casuales y la necesidad humana de reconstruir eso que llamamos amistad. La Agencia de Amigos del barrio de Flores fue la versión analógica literaria de Facebook. Sólo había que ir hacia un mostrador a solicitar un amigo para la ocasión. En la red bestial, elegimos los amigos con diferentes criterios: gustos similares, personas que conocemos en el plano de la realidad real y palpable, mujeres bonitas, famosos de pacotilla, compañeros de militancia, compañeros de la primaria, compañeros de la secundaria, deseos reprimidos, candidatos políticos y amigos de los amigos. ¡Esa es la clave! El amigo de mi amigo puede ser mi amigo. Y será mi amigo. La preparación del silogismo eterno.

Pero los personajes de Dolina sostienen que “la amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado”. En Facebook la cosa es inversamente proporcional a la declamación dolinesca. Los amigos aparecen por que sí, porque el robot lo dispone, por un algoritmo más inteligente que nosotros lo decide, porque son los rastros de nuestros caminos y atajos los que proporcionan información y es eso lo que dejamos. La red la construimos y la deformamos y así nuestros sentimientos y conexiones. La amistad como capital de un capitalista que todo lo ve, los amigos como material de uso, como plusvalía de un esqueleto móvil con vida propia, de una telaraña que nos permite recorrer cada ángulo como una metáfora multiforme pero también quedamos a expensas de la bestia. Nos puede deglutir.

De los 7 mil millones y pico que poblamos el universo ya somos 1.230 millones los que estamos adentro. Si bien la red nació en 2004 como The Facebook: una especie de galería en la que se arrastraban las fotos -reservada al campus universitario de Harvard- la evolución fue notable y vertiginosa. Pero la prehistoria data de un año antes. Según un informe del Huffington Post, en 2003 Mark Zuckerberg junto a un grupo de compañeros de clase lanzaron Facemash.com, un juego en el que se ponían dos fotos de estudiantes del campus y se ofrecía a los usuarios elegir cuál le parecía “más caliente”. El mito cuenta que para conseguir estas fotos se hackearon áreas protegidas de Harvard, con lo cual el sitio se cerró en breve. Ya en sus orígenes, en la esencia del monstruo estaba esa posibilidad de rostros + me gusta + exposición sobreexpuesta + votación indiscriminada del respetuoso público presente.

La web no es sólo la web. Las redes sociales no son sólo las redes virtuales. La vida ya no se divide en compartimentos estancos, separados y absolutos: lo público y lo privado eclosionaron ante el paradigma Facebook. Los límites, la frontera de calzoncillos en el living, de ideologías acaloradas en largas mesas domingueras, de botellas de cervezas y descontrol en despedidas de solteros, de lágrimas de impotencia por dolores íntimos, tiemblan. Facebook todo lo sobreexpuso.

En The Truman Show la humanidad entera sigue por la TV la vida de una persona que nació en un reality show. Somos observadores de una experiencia televisiva, de un humano como rata de laboratorio encerrado en una caja catódica. Facebook invirtió el eje y metió a media humanidad adentro de su propia caja azul. Las miradas no son verticales, son dialógicas, espiraladas, laberínticas, enroscadas. Facebook es un gran juego de espejos. Miramos y nos miramos. Nuestra vida cotidiana se sustenta por nuestras acciones en la red y viceversa. Hoy todos somos Truman. Tal vez llegue un día en donde podremos apagarnos, irnos, silenciarnos como método de autopreservación, de protesta, de agobio. O tal vez nos apaguen. Y eso será más atroz y, tal vez, menos obsceno.