Sol y Sombra

Jueves, 21 de Junio de 2012,

Por Ariel Zappa

Sol y Sombra

La fachada del Sol y Sombra

El club y el barrio... aquellos lugares donde los pibes se hacían hombres

Alejado de las otras experiencias en clubes de barrio, el ámbito que conformaba el club “Sol y Sombra”, era la de un antro. Y, por esas características, a los ojos de un adolescente de barrio Las Delicias, era simplemente, maravilloso. El mismo era regenteado por un personaje: el “turco” Salomón. Hincha fanático de Newell’s Old Boys. Por esa razón, el club era sede permanente de “los asados de agasajo” que la hinchada de Ñubel le daba a las hinchadas amigas de esa época. Recuerdo dos: Independiente y Platense. Y las fotos en el diario cuando salimos campeones con Marcelo Bielsa con el turco y su sombrero mejicano festejando, hoja de diario que estuvo pegada sobre la pared, al lado de la caja, todo el tiempo. Y otro recuerdo: ir en caravana al club a ver la lancha que Diego Armando Maradona guardó allí en su paso por el club.

Recuerdo cómo llegaba apresurado del colegio secundario y me bajaba del colectivo con el único objetivo de tirar las carpetas y salir rajando para “el vicio”, tal cual lo llamábamos los pibes que conformábamos “La Mafia”. Parábamos en la esquina de Pueyrredón y Arijón. Y, allí mismo, una noche que de casualidad no estuve, los pibes vieron llegar un Unimog del ejército por Pueyrredón a contramano para llevarlos presos hasta la seccional 21 que quedaba a cuadra y media.

Todo ese pulso vital tenía cabida en el club Sol y Sombra. Allí aprendí a fumar, a tomar cerveza, a jugar al pool, a las máquinas de juego. A no desesperarme y dar la cara cuando perdía y, principalmente, a no creérmela cuando ganaba. Todos mis amigos eran más mayores que yo. Seguramente esa condición me sirvió de amparo para más de una pendejada que habré cometido. Pero también para enfrentarme a algún estúpido que no me soportaba porque era pendejo. Como le pasó a uno que, una noche cuando jugábamos al truco en la casa de Fabián, me hostigó hasta el hartazgo y no pude más y le tiré las cartas sobre la cara y me paré para pelearlo afuera. Y, el gringo José, a sabiendas de que yo era boleta, paró el tema gritándonos a los dos para que nos dejáramos de joder. Y, nosotros, le hicimos caso porque el gringo tenía bien ganado el atributo de ser uno de los capos.

Una tarde en que estábamos en el club, nos llegó la noticia de que Cachito, el capanga de Barrio El Plata, venía a pelearlo porque el gringo le había cagado la mina en un baile del club Talleres de Villa Gobernador Gálvez. Fuimos en procesión como quien vela las armas y lo acompañamos hasta mitad de cuadra por Arijón, antes de llegar a Pueyrredón. Cachito se había adentrado en nuestro territorio y no hacerle frente era de cagón. Y, el receptor de esa mojada de oreja era el gringo. Y, él, lo sabía. Por eso, en el camino le dejó la campera con corderito al Beto y se adelantó. Los de Barrio El Plata empezaron tirándonos piedras y nosotros se las respondimos. El gringo nos hizo parar y cruzó la calle. Lo buscó a Cachito y le dijo que saliera.

No puedo decir quién ganó y quién perdió. Lo cierto fue que se repartieron piñas a mansalva y que, en todo caso, cobraron los dos.

Cuando todo terminó, fuimos a parar al club. El gringo no jugó y se sentó en una silla cercana adonde estábamos nosotros. Al destapar las cervezas, le fuimos llevando el primer vaso. El gringo agradeció todos y cada uno de los convites.

Eso era el club Sol y Sombra: un ámbito donde se sellaban a fuego las alianzas, los vínculos, los encuentros. Algo había en esa atmósfera de humo que te impregnaba de ciertos atributos. Y no se equivoquen: no era un monasterio.

Tomé cerveza con ladrones, jugué partidos interminables al pool con amigos que le habían entrado a otro amigo con la navaja demasiado afilada. Atorrantes y tipos violentos. Todavía me quema la oreja del cachetazo que el loco Mento me dio por haberle usurpado el lugar en la Vecinal La Guardia cuando fui a escuchar un recital de bandas rosarinas del momento. Tenía catorce años. Pero reconozco que, aún conviviendo en ese margen poco claro entre lo lícito y lo marginal, algo ligado al código y a la lealtad, existía.

Luego, y con el paso de los años, dejamos de frecuentarlo. Sólo nos aparecíamos para los torneos de fútbol. Fue nuestro pasaje a otra etapa de la vida. Nos  parecíamos a esas aves migratorias que cruzan continentes en bandada. En este caso, sin ninguna ley aparente que nos rigiera, partimos hacia otro rumbo.

No fue poco lo que viví en esa época. Como telón de fondo: milicos, Malvinas y retorno a la democracia. Y, el club de barrio, como el ámbito donde reinaba una deidad prosaica que nos acunó y cuidó de nosotros en los tiempos de la sangría generacional más salvaje que jamás hayamos visto.

Comentarios

Más de lo mismo

El club social y deportivo Sol y Sombra hace apróximadamente dos décadas dejó de existir para siempre. En lo que eran sus instalaciones de Alvear entre Cazadores y Arijón, en el corazón del barrio Las Delicias, hoy se levanta una apacible casa de familia. Atrás quedarón sus años de bullicio y malandrines compadritos... de pibes de barrio que se hacían hombres entre botellas de cerveza, naipes españoles y peleas callejeras.