Mamá Pájaro en estado de obra permanente
Miércoles, 21 de Marzo de 2012,
El Club de los idiotas es una de esas óperas primas que tienen la capacidad de interesarnos desde el principio por el devenir de una historia no revelada
Arte, que va explotando en cualquier parte...
“El Mono” de Mamá Pájaro
Se dice de Rosario que es una ciudad de cara al río. Al río y al arte. El río, es cierto, está ahí. Hace siglos. El arte, en cambio, ¡vaya uno a saber si está ahí donde dicen que está! ¿dónde? Nuestras calles son, cada vez más, las calles de aquella ciudad que nadie quería y algunos pocos anhelaban: un ir y venir de ansiosos y brutales rugidos, de bocinas agudas y miradas distantes.
Claro, no somos Los Ángeles ni Seattle y es más fácil encontrar a un repartidor en moto que a un músico. Pero, sorpresa o fatalidad, lo que la ciudad esconde detrás de su cáscara máscara es sorprendente: probablemente, ese repartidor sea un gran músico y, al mismo tiempo, un eslabón más entre antojos y empresas. Parte inherente al ir y venir de agudas bocinas.
La gran mayoría de nuestros músicos son vendedores de esmaltes, repartidores, oficinistas, administrativos, o diseñadores; da lo mismo. Los músicos en Rosario son, fundamentalmente, otra cosa. Un mientras tanto que a menudo pone en jaque la voluntad del más radical de los artistas. Componer, ensayar, coordinar, negociar, tocar en vivo y, simultáneamente, vivir la vida mortal de un mortal asalariado con quince días de vacaciones al año.
Todos los integrantes de Mamá Pájaro son eso y son, claro, aquello. Por eso demoraron más de un lustro en hacer plástico las canciones que nacieron mientras pasaban los años de gente, por eso tocaron tan poco y cambiaron tan mucho, por eso se dispersaron, se perdieron y volvieron a descubrirse, finalmente, con una impronta obrera y humana, si ambas cosas fueran escindibles, o si ambas cosas no fueran la amalgama natural del arte.
Esa dualidad inequívoca recorre este disco debut que es, sobre todo, un largo recorrido cuyo norte se ilustra, como se ilustran las canciones, en un arte de tapa que el propio cantante sintetizó en la hortaliza del deseo: una zanahoria pendiendo de un hilo. Y si errático es el curso aún del deseo firme, justo sería entonces decir que hay un destino posible para el desarrollo de una obra: hacerla. Vivir en un estado de obra permanente. Y es allí donde las canciones dan testimonio de la dinámica artística, porque si hay algo que uno siente al escuchar este disco por primera vez, es que lo que está por venir es enorme.
Cada pieza, algunas arribadas desde la prehistoria de Mamá Pájaro (“Contradicción”) y otras apenas nacidas (“Sátira”), cumple una función específica y dispar pero acaba, finalmente, pintando un paisaje cuyo denominador común pareciera ser que son, cada una a su modo, el principio de una historia no revelada. Sujeto tácito del arte: esto que hay, es lo que aún no llegó.
Y sin embargo, vale gritarlo, satisface. Mucho. Y aunque uno se pregunta cuánto más de ese maravilloso teclado (que se oye en la canción que le puso nombre al disco) pudo haber sonado en el resto de las composiciones, todo se aclara cuando un piano a su vez más conmovedor corretea las notas intermedias de la canción “Piedras”. Entiende uno allí que todo lo que se hizo, se hizo con absoluto control; entiende que ni el baterista Leandro Demauro (autor y co-autor de la mayoría de las canciones) quiso trascender a una formación sólida, ni el cantante y guitarrista Gerardo Bernodat (también autor y co-autor) pretendió configurarse en un liderazgo obsceno que fragmentara la propuesta grupal.
Virtuosos y moderados, lúcidos talentosos, Mamá Pájaro lleva consigo un bien invalorable: la promesa, eso que la zanahoria esconde y aquello que tiene para mostrar, al mismo tiempo.
La última canción del disco podría ser, sin embargo, la primera. La que los nombra sin decirlos y cobija una ofrenda que el disco jamás abandona y es la música. “Música nace en las sombras cuando todo parece el final”, describe, como si todos estos años de gente y bocinas y repartos, formaran parte de un cuento cuyo final incierto se hubiese cumplido y, al mismo tiempo, dejara ver nuevos principios y próximos finales. Lo que es, en definitiva, una prueba de vida: el camino es el destino y allí donde termina, empieza.
Más de lo mismo
Mamá Pájaro comenzó a grabar su álbum debut a lo largo de 2010 en diferentes estudios de Rosario.
Con un arduo trabajo de preproducción, el grupo graba y edita el material, con la colaboración de técnicos locales como Ariel Migliorelli (estudio Corcovado) y Aldo Simón (estudio Berimbau). Contando con el apoyo de músicos y colegas como Guillermo Baliente, Juan Stiza, Leandro Pagura, Esteban Maxera, Franco Giglione (entre otros), quienes brindaron aportes técnicos o materiales durante la producción de la obra, Mamá Pájaro logra terminar el trabajo en marzo de 2011.
La mezcla y masterización corrió por cuenta de Juan Pablo Sancho, en estudio El Dorado (Rosario), y fue a través del Programa de Coproducciones Discográficas de la Editorial Municipal de Rosario la banda editó su primer disco "EL CLUB DE LOS IDIOTAS" que fue presentado en noviembre de 2011 en el Centro de Expresiones Contemporáneas, junto a importantes invitados de la escena musical rosarina.


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