Son las 4 de la mañana en un bondi de larga distancia y llevo en mis auriculares la voz de Casciari. Va narrando historias de tres minutos y me detengo en “Las varoneras”. Consigue emocionarme y lo escucho más de una vez. Así son las chicas que a mí me gustan, las que me sacuden. Apenas llego a casa busco el relato en internet y lo imprimo. Un par de noches después invito a una chica varonera que conocía desde hace tiempo, le digo que me inspiré en ella y le leo el relato como si fuera mío. Ella se emociona. Al otro día abro mi mail y tengo un correo general de Casciari; junto a su amigo Chiri van a venir a la ciudad a dar un “Taller de anécdotas mejoradas”, parte de una `Road Movie´ por algunos lugares de Sudamérica. Es el momento de la justicia poética –pienso- de confesarle mi plagio por pajero enamorado.

Tardo unos días en anotarme, el cupo de 30 personas se completa a la velocidad de la luz, y la vida me pone a uno de los dueños del club -dónde se hará el taller- cara a cara una madrugada de fiesta. Lo noto vulnerable por la bebida y lo convenzo de infiltrarme como mozo (esos dos días), prometiendo concentrarme en escribir una crónica sobre las jornadas -en la revista digital ClubdeFun-, sellamos el trato con un brindis: voy a mentir de nuevo con la esperanza de encontrar el momento propicio para pedirle perdón al gordo Casciari.

Me dijeron que venga a esta hora y el bar parece cerrado. Le doy un empujón a la puerta y se abre. Mis nuevos fugaces compañeros de trabajo están acomodando el lugar. Me presento y rápidamente aclaro que soy un infiltrado “para que no esperen mucho del lado mozo de mi vida”. A un barbudo buena onda que está a un costado no le importa y me tira un delantal con alcohol junto a un rollo de rolisec. “Hay que fajinar”, dicen y no sé de qué carajo hablan. Aprendo que consiste en limpiar la vajilla y hago las cosas a una velocidad de caracol. Busco un cómplice y lo encuentro en el cocinero, chapeo con que “el dueño me dijo que haga una crónica y necesito beber alcohol durante el taller”. Se ríen como señal de aprobación –pienso-, aunque es por mi lentitud al limpiar. En un momento entra Casciari con Chiri, su Sancho Panza, acomodamos las mesas y hablan de arrancar con puntualidad.

No es el momento para ir a pedirle perdón. Muchos van llegando y el gordo arranca a horario -olvidándose de su Mercedes natal, a un ritmo de trabajo europeo-. Los talleristas revelan anécdotas sin saber quién es el autor de las historias, Casciari al leerlas las hace brillar aunque sean flojas, y entre todos van haciendo devoluciones. El sistema es bastante democrático (importa la opinión de todos y yo quisiera un Casciari más dictador). “Lo importante es la anécdota en sí, esa sensación bien caliente de apenas te sucede, escribirla sin toda esa parafernalia literaria. Es para contarla en un asado y que cualquiera pueda sentirse identificado, con esas emociones más primitivas que tenemos los humanos; un comienzo que no le dé lugar al lector, un giro en el medio, y un final contundente”, explica el gordo Casciari enfrentando cierta fobia social con un mate que toma compulsivamente y lo ayuda a sostener la mirada.

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De pronto veo a la mujer varonera del lugar. Ese rasgo que se repite en las chicas que me enamoran y Casciari describió perfectamente. Ella me pide una cerveza y yo pierdo la cabeza. Trato de que todo le llegue y no termina el vaso que ya se lo vuelvo a llenar. Ni le voy a cobrar los porrones que tome –pienso-. Algunos pocos toman gaseosa y no hay tanta demanda (la única que labura, en verdad, es la moza verdadera). Me acerco con una silla a la varonera y leo de prestado (como cuando ojeamos el diario del que se sienta al lado en un bondi)  las anécdotas impresas que había que llevar al taller, si quiero opinar muerdo los labios y canalizo la ansiedad anotando ideas en las servilletas del bar.

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Hay un `break´ y todos asedian al gordo, sigo sin encontrar el momento de pedirle disculpas. A todo esto, la varonera me tiene perdido y no le tomo los pedidos a nadie. Me alejo de la barra y la moza hace de todo, por ahí tomo el pedido de algún carlitos como para hacerme el que hago algo y no quedar como un forro. Ya estoy bastante mamado y el dueño se ríe porque sabe que ni propina me van a dar. Logro sacarle el celular a la mujer varonera y cuando termina el taller y todos se van a seguirla en otro lado. Todos menos Casciari y Chiri que se van para el hotel (ya no quieren más ser el centro de atención).

Es el momento en que aprovecho para buscarlos. Les pego un grito y se detienen. Chiri queda a mitad de camino hablando con los del bar, y yo mano a mano con Casciari.

-“Tengo que pedirte perdón”, le digo.

-“No hay de qué”, lanza el gordo queriendo sacarme de encima.

-“Le mentí a una mina varonera, le leí tu relato diciéndole que lo había escrito yo -inspirado en ella-”, confieso.

-“Todo bien boludo, eso vale, y las varoneras son las únicas que valen”, responde.

Lo veo medio dado y voy más allá.

-“Ahora me está gustando otra varonera, ¿no tenes nada a mano para leerle como mío?”, le digo sin reírme.

-“Chiri, vení para acá, este pibe quiere un texto por encargo… ¡Se gana minas diciendo que mis escritos son suyos!”, juntos se empiezan a cagar de risa.

Aprovecho que se burlan de mí y le retruco con que no sea tan agrandado. Nos peleamos con chicanas y las de él son mejores. Le pido que saque de los sitios online los textos que lee en las radios, para no quedar al descubierto si a alguna chica se le ocurre googlear lo que les leo. No quiere hacer eso y llegamos a la conclusión de que no hay un buscador de oraciones para YouTube como en Google (insisto con que es mucho mejor para mí que suba los audios y no los textos). Me dicen –ahora se prende Chiri- que planteo algo imposible, que las chicas tampoco tendrían que escuchar la radio por dónde salen los relatos, y terminan mandándome a cagar -entre risas-; la temperatura a Casciari le sube a 39º y me autografía un libro poniendo que le rompí el cerebro como si fuera un taladro.

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Al irme a mi casa saco el celular y le mando un SMS a la mujer varonera que conocí en el taller. La invito a dar vueltas a las manzanas y salir a comer afuera con toda la plata que no gasté en el taller de anécdotas mejoradas. No me responde y vuelvo a sumergirme en el audio de las varoneras de Casciari. Y fue justo al terminar el relato que recibo la respuesta: “No vamos a cenar afuera pero sí a dar vueltas por algunas manzanas, la semana que viene”.

Me acosté liviano, sin culpa.