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Notas Cine

boom, cuando el pasado explota en presente

Juan Mascardi escribe sobre boom, el documental que revisita la historia de la revista rosarina de idéntico nombre editada en Rosario entre agosto de 1968 y junio de 1970.

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Trailer de boom, el documental que se estrena el martes 4 de noviembre a las 20 hs. en el túnel 4 del CCPE 

Hay historias que piden a gritos ser contadas. Gritos sórdidos. Mudos. Atados. Amarrados. Olvidados. Gritos impertinentes, extemporáneos, silenciosamente explosivos. La sencilla y placentera exigencia de observar el ambiente circundante que palpitó en la 'Chicago argentina' entre veranitos democráticos y dictaduras implacables fue una virtud que, tal vez, ellos jamás proyectaron en el tiempo.

Los mentores de semejante locura periodística dejaron rastros a lo 'Hansel y Gretel'. Migajas de literatura periodística que aún hoy se pueden recoger a metros del Dorys, entre las baldosas resquebrajadas que respiran en rojo y negro la represión a bastonazos. Vanguardistas forjados en una Rosario pacata, tibiamente hippie y en blanco y negro, minaron la urbe con bombas que aún no explotaron. Que, como las historias endovenosas de la ciudad portuaria, aguardan sigilosas que alguien se atreva a activarlas. Tic, tac, tic, tac…

Un grupo de estudiantes de periodismo tomó la posta. 'Boom, el documental', es un relato polifónico que revive la historia y el mito de la revista homónima. Aquella que apareció en agosto de 1968 y que irrumpió durante dos años en las tardes de té inglés en Fisherton y Barrio Martin. La idea del grupo integrado por jóvenes de menos de 25 surgió en el corazón de una asignatura de la licenciatura en Periodismo de la Universidad Abierta Interamericana, un mero trabajo práctico que saltó del aula con la misma impertinencia de aquellos muchachos de pantalones Oxford.


La dirección del audiovisual está a cargo de un trío: Matías Formia, Diego Mañas y Antonio Galimany; aunque el núcleo realizador incluye también a Enzo Benazzo y Rodrigo Pretto. Para ellos, además, significa su primer paso en el mundo del documental. Aunque no se nota. La elección narrativa posee varios aciertos: un clima íntimo sustentado en un set oscuro que resalta los rasgos ya con arrugas de los Quijotes del pasado funciona a modo confesional. Los protagonistas hablan por separado, recuerdan las hazañas aunque también se contradicen. Recuerdan si ataduras. El paso del tiempo es fabuloso.

Como un gran pastiche flower power, la gráfica y la iconografía reavivan la imagen. El documental es eminentemente expositivo, y allí se nota la formación audiovisual del trío. Profesionales que acceden al documental desde le periodismo, el espíritu del trabajo reside volver a palpar las hojas de la revista. Como decía una querida profesora de Sociología 'un manoseo erótico de los textos', ya que no permitía que los apuntes de su materia fueran pulcros, blancos, intocables. Al documental sólo le faltan las manchas de mate y el aroma del café de la madrugada. No obstante, una segunda cámara irrumpe en la cronología de los relatos con la intimidad inherente que poseen los primerísimos primeros planos.


Según los realizadores, la publicación "fue una revista inoportuna, incomoda e impertinente". En algún pasaje del documental los protagonistas reviven como pueden. Boom fue una revista de ruptura. Una fragua, dice otro. Un hito. Un emprendimiento que estaba proyectado para otra época.

Lo cierto es que la película puede ser un excelente programa para un sábado a la tarde mientras esperamos el turno en una peluquería de barrio. Aunque la presentación será un martes (4/11/08) a la tardecita (20.00). La posibilidad de hojear de un tirón todos los números de boom permite sorprendernos con la vigencia de los temas y su tratamiento estético. Estilo dirán los especialistas. Los protagonistas nos hablan de sus sueños y sueñan susurrando. Anhelos de mayo francés a orillas del Paraná.

Con un reportaje sobre la segregación a la comunidad judía como nota de tapa, boom llegó a Rosario. El periodismo sábana de la segunda ciudad de Argentina miraba de reojo. La publicación, creada por el hijo del director del diario La Capital, despabiló al público con crónicas suburbanas y prostibularias.


"Un rico inventario de historias singularísimas", sostienen los responsables del documental. Un policía desgarbado sostiene con asco su bastón mientras habla con su superior, un gordo de sobretodo: "Pruebas irrefutables de que eran comunistas, Comisario, el bastón quedó manchado de rojo". El humor gráfico de Roberto Fontanarrosa debutó en el Nº 1 de boom. Apenas algunas líneas de tinta china para que el icono rosarino también de sus primeros pasos. El chiste narra el instante posterior de la represión policial, también reflejada con virtuosismo en la cobertura fotográfica del Rosariazo.

Las tapas de todos los números desfilan mediante una edición cuidada. Los temas toman el valor de transformarse en un ayuda memoria para algún Jefe de Redacción carente de imaginación en este presente periodísticamente escuálido: la homosexualidad, los curas del tercer mundo, la pornografía, la génesis de las villas miseria, el juego clandestino, la historia de la mafia, la vida nocturna, el Onganiato y la intervención de la universidad, son algunos de ellos.

En julio de 1969, boom interroga en la tapa: 'Televisión: Por qué agonizan los programas locales'. Una respuesta que aún no llega después de 40 años. Una lección que brindan los periodistas/alumnos. Después de 40 años 'boom, el documental' se alza, también, como una fórmula audiovisual para una TV local que funciona como mera repetidora de contenidos porteños. Dos generaciones. El mismo objetivo. ¿Explotará la bomba? Tic, tac, tic, tac…


txt: Juan Mascardi


 
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SINOPSIS DE LOS AUTORES DEL DOCUMENTAL

boom es la historia de una revista. boom es, sobre todo, la historia de una revista. Pero es, también, otras cosas.

Los pliegues de la costura de un país que comenzaba a desmoronarse. Los estridentes relieves de una década abarrotada de revoluciones culturales y transformaciones radicales. El preciso relato de la única rebelión urbana en la historia de Rosario. La compleja arquitectura social de una ciudad que ya no existe. Los nombres propios disparados a la celebridad. El estruendo audible de fusiles impacientes y el marcial taconeo militar: el ensayo general para la tragedia que vendría después. El año en que los cimientos que sostienen al mundo se conmovieron por última vez. Una historia contemporánea en miniatura.

Pero boom es, sobre todo, la historia de una revista.

El primer número de la revista boom apareció en agosto de 1968 con un reportaje sobre la segregación de la comunidad judía como nota de tapa. Aquello destruía en mil partes las conservadoras certezas sobre las que se había erigido el periodismo de la ciudad.

La publicación, creada por el hijo del director del diario La Capital, vino a ocuparse de la fracción de la realidad que nadie quería reconstruir. boom iluminó los temas invisibles: la homosexualidad; los curas del tercer mundo; la pornografía; la génesis de las villas miseria en los suburbios de la ciudad; el Rosariazo; el juego clandestino; la historia de la mafia; la vida nocturna; el Onganiato; la intervención de la universidad; la marginalidad.

Fue una revista inoportuna. Incomoda. Impertinente. Lo dice alguien en algún pasaje del documental: boom fue una revista de ruptura. Una fragua, dice otro. Un hito. Un emprendimiento que estaba proyectado para otra época.

Y un rico inventario de historias singularísimas, decimos nosotros. La extravagante y desproporcionada fiesta con la que celebró su primer aniversario. El extraordinario relato periodístico y fotográfico sobre las jornadas del Rosariazo. La redacción itinerante. La publicación del primer chiste de Fontanarrosa. La estrategia de superficie.

Fue también una aventura infrecuente para el periodismo de una ciudad adormecida. La fugaz alteración de un esquema de medios casi inalterado durante cerca de cien años. La posibilidad cierta de contar lo que anteriormente a nadie le había venido en gana. Una saludable reacción contra el periodismo de status quo. Contra la pereza intelectual practicada con diligencia por la prensa de la ciudad.

En junio de 1970, la edición número veintidós de la revista alcanzó los 25 mil ejemplares, se presentó en el Hotel Alvear de la ciudad de Buenos Aires y obtuvo distribución nacional. Fue el último número. Sobrevivió algo más de dos años.

Hoy, casi nadie la recuerda. Las páginas de la única colección completa de acceso público que se conserva de la revista se desintegran en la humedad sin luz de la Hemeroteca Municipal. Sus ejemplares son inhallables. Los protagonistas de la historia han comenzado a morir. Y las cosas sucedieron hace demasiado tiempo.

El documental podría asumir la impostada pretensión de torcer la voluntad de la desmemoria. El asunto es que hay suertes irreversibles. Tal vez sea más sensato aquello del mensaje dentro de la botella arrojada al mar. Decir que aquí pasó esto y que las cosas, aparentemente, sucedieron de éste modo: el testimonio de lo que fue.

La idea no es sofisticada. La idea es (fue) contar una historia. La historia de una revista.
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