Por Nicolás Manzi
Notas de este autor

16 septiembre, 2014

Pareciera que, así como hay frutos de estación, frutas y verduras para cada época del año, hay algunas comidas típicas que funcionan mejor en ciertos momentos y ante ciertos climas. Me gustaría hacer un recuento de festividades, por ejemplo la navidad y el año nuevo y sus comidas como el vittel tonè, la ensalada waldorf, o la temporada primavera verano con sus múltiples asados, y el invierno con guisos de lentejas, mondongo y la bagna cauda que nos hicieron creer que es refinada.

Esto contiene todo el espectro de la cultura (pienso y escribo), se procesa con todo lo que se dispone en cada momento. Entramos en una época del mundo en que pensamos que podemos disponer de cualquier cosa en cualquier momento y sin embargo estamos cada vez más aislados, y la cultura funciona como catalizador. Se arman reuniones en las que alguien cocina y todos comen y alguien después debe limpiar. Suelen ser reuniones amenas, ya que la gente insiste en repetir. La gente, como vive en sociedad, tiene a la reunión como una gran excusa salir de lo habitual, como si eso fuera sinónimo de ser felices.

Y qué es lo habitual si no es la soledad. Pienso y escribo, pero, ¿para quién? ¿Qué rituales tengo en la sociabilidad que llevo adelante conmigo mismo? Pienso en irme a dormir inmediatamente, como si mi gran ritual fuera el reposo. Creo que hay un optimismo exacerbado en el reposo, hay un olvido de la muerte: vamos a reposar para siempre en algún momento, deberíamos aprovechar cada minuto para hacer cosas que nada tengan que ver con el reposo. La razón es lo más funcional a la culpa, el cuerpo no da pie con bola, y el ritual de ir a hacerse una siesta se anuncia a cada rato. Otro ritual sucede cada vez que me acuerdo de mí de manera alegre. En esos momentos suelo hacerme consciente de mi deseo, más precisamente de lo referido verbalmente como antojo. Entonces me lanzo a la calle a saciarlo. Puede ser en horas de la mañana o de la tarde, y depende sobre todo del objeto deseado.

Una vez me lancé a la calle, arriesgándome a llegar demorado al trabajo, con tal de conseguir un pastelito de membrillo. No quería cualquier pastelito, sino esos que tienen la forma de mil hojas apiladas y fritas, bañados en almíbar muy descuidadamente, o mejor dicho, en exceso, y con esos confititos de colores. Dónde conseguiría, fuera de época, esa producción tan preciada. Porque parece que nuestra cultura tiene el hábito de dedicarse a las frituras durante la época invernal, como si fuera un condimento a las calorías necesarias para sobrevivir.

Pastelitos de membrillo, cuánta felicidad. Conseguirlo, buscar el lugar adecuado para embucharlo, tener a mano servilletas para limpiarse los dedos luego de haberlos chupado. Es fundamental saber elegir entre el relleno de membrillo o el relleno de batata. Son dos clases de pastelitos bien diferentes y significan dos mundos paralelos. Personalmente prefiero el de membrillo y no tengo nada contra el mundo de la batata, pero el membrillo tiene un sabor mucho más dulce y, más allá de eso, guarda para mi algún tipo de referencia en la historia personal. Quizás no logre ser del todo consciente, quizás se refiera a algún acto de rebeldía en la infancia del cual me debería sentir orgulloso por el éxito de la misión. Quizás haya sido la visita a cierto campo y el encuentro con el árbol de membrillo lo que me guarde la afición a ese dulce. Lo cierto es que cuando un pastelito revela su corazón a la luz del día, y ese está relleno de membrillo, sea las 10 de la mañana, sean las 4 de la tarde, esté tomando café o mates, o té, hay un anuncio de campanas.

Pero como todo lo que se ingiere, es un placer efímero. La fugacidad de todo nos hace temer, pero también nos pone en la situación de saber que podemos saciar nuestro antojo en cualquier otro momento. El ritual consistiría entonces en revitalizar la relación de uno consigo mismo, entregándose conscientemente al placer. Un placer mínimo y fugaz, pero no por eso menos auténtico. Como el placer de aprender a cocinarlo, o a saber en dónde encontrar el mejor pastelito de esta temporada.