Por Ferris Jabr
Notas de este autor

9 octubre, 2014

En el número de Navidad de Vogue de 1969, Vladimir Nabokov ofrecía algunos consejos para la enseñanza de Ulises de James Joyce: “En lugar de perpetuar las tonterías pretenciosas de ‘homérica’, ‘cromática’ y los epígrafes viscerales, los profesores deberían preparar mapas de Dublín con los itinerarios entrelazados de Bloom y de Stephen claramente dibujados”. Él mismo había dibujado uno encantador. Varias décadas más tarde, un profesor de literatura de la Universidad de Boston, llamado Joseph Nugent, armó un mapa de Google junto con sus colegas que sigue paso a paso el recorrido de Stephen Dedalus y Leopold Bloom. La Sociedad Virginia Woolf de Gran Bretaña, así como los estudiantes del Instituto de Tecnología de Georgia, han reconstruido de manera similar los caminos de los paseantes de Londres en Mrs. Dalloway.
Estos mapas nos muestran en qué medida estas novelas dependen de una relación curiosa entre la mente y los pies. Joyce y Woolf eran escritores que transformaron los caprichos de la conciencia en papel y tinta. Para lograr esto, enviaron a los personajes a pasear por la ciudad. Mientras la señora Dalloway camina, no se limita meramente a percibir la ciudad a su alrededor. Más bien, se sumerge dentro y fuera de su pasado, remodelando Londres en un paisaje mental de mucha textura, “inventándola, construyéndola desde cero, cayendo en ella, creándola de nuevo a cada momento”.
Por lo menos desde la época de los filósofos griegos peripatéticos, muchos otros escritores han descubierto una conexión profunda, intuitiva entre caminar, pensar y escribir. “¡Qué vano es sentarse a escribir cuando uno no se ha puesto de pie a vivir!” escribió Henry David Thoreau en su diario. “Me parece que el momento en que mis piernas comienzan a moverse, mis pensamientos comienzan a fluir”. Thomas DeQuincey ha calculado que William Wordsworth -cuya poesía está llena de vagabundeos por las montañas, a través de los bosques y a lo largo de los caminos públicos- caminó casi 180.000 millas en su vida, lo que hace un promedio de seis millas y media al día a partir de los cinco años.
¿Qué hay en el caminar, en particular, que lo hace tan susceptible para pensar y escribir? La respuesta comienza con cambios en nuestra química. Cuando vamos a dar un paseo, el corazón bombea más rápido, hace circular más sangre y oxígeno, no sólo para los músculos, sino a todos los órganos, incluyendo el cerebro. Muchos experimentos han demostrado que después de o durante el ejercicio, incluso si es un esfuerzo muy suave, la gente se desempeña mejor en pruebas de memoria y atención. Caminar regularmente también promueve nuevas conexiones entre las células cerebrales, previene la degeneración usual del tejido cerebral que viene con la edad, aumenta el volumen del hipocampo (una región del cerebro muy importante para la memoria) y eleva los niveles de moléculas que estimulan tanto el crecimiento de nuevas neuronas como la transmisión de mensajes entre ellas.
La forma en que movemos nuestro cuerpo cambia también la naturaleza de nuestros pensamientos y viceversa. Los psicólogos que se especializan en ejercicios con música han cuantificado lo que muchos de nosotros ya sabemos: escuchar canciones con tempos altos nos motiva a correr más rápido, y cuanto más rápido nos movemos, más preferimos música rápida. Del mismo modo, cuando los conductores escuchan música alta y rápida, inconscientemente aprietan un poco más el acelerador. Caminar a nuestro propio ritmo crea un circuito de retroalimentación entre el ritmo de nuestros cuerpos y nuestro estado mental que no podemos experimentar con la misma facilidad cuando corremos en el gimnasio, manejamos un auto, andamos en bicicleta o en cualquier otro tipo de locomoción. Cuando paseamos, el ritmo de nuestros pies oscila naturalmente con nuestros estados de ánimo y la cadencia de nuestra voz interior; al mismo tiempo, podemos cambiar deliberadamente el ritmo de nuestros pensamientos al caminar más rápido o reducir la velocidad.
Como no tenemos que dedicar mucho esfuerzo consciente al acto de caminar, nuestra atención está libre para vagar, para cubrir el mundo que tenemos ante nosotros con un desfile de imágenes salidas del teatro de la mente. Este es precisamente el tipo de estado mental que los estudios han vinculado a las ideas y a los movimientos innovadores. A principios de este año, Marily Oppezzo y Daniel Schwartz, de Stanford, publicaron lo que probablemente sea que el primer conjunto de estudios que miden directamente la forma en que la acción de caminar provoca cambios instantáneos en nuestra creatividad. La idea para estos estudios la tuvieron, claro, mientras caminaban. “Mi tutor doctoral tenía la costumbre de ir a pasear con sus alumnos para llevar a cabo tormentas de ideas”, dice Oppezzo de Schwartz. “Y un día llegamos a una especie de meta”.
En una serie de cuatro experimentos, Oppezzo y Schwartz pidieron a 176 estudiantes universitarios que completaran diferentes pruebas de pensamiento creativo, ya sea sentados, caminando en una cinta o paseando por el campus de Stanford. En una prueba, por ejemplo, los voluntarios tenían que imaginar usos atípicos para objetos cotidianos, como un botón o un neumático. En promedio, los estudiantes pensaban entre cuatro y seis nuevos usos más para los objetos cuando estaban caminando, que cuando estaban sentados. Otro experimento requería que los voluntarios contemplaran una metáfora, como por ejemplo “un capullo en ciernes”, y generaran una metáfora única pero equivalente, como “rompiendo el cascarón”. El 95% de los estudiantes que fueron a dar un paseo fueron capaces de hacerlo, en comparación con sólo el 50% de los que nunca se pusieron de pie. Pero caminar en realidad empeoró el rendimiento de las personas en un tipo diferente de prueba, en la que los estudiantes tenían que encontrar la palabra común en un conjunto de tres, como “queso” para “ricotta, crema y tarta”. Oppezzo especula que, al dejar la mente a la deriva en el mar de espuma de pensamiento, caminar es contraproducente para un tipo de pensamiento focalizado: “Si uno está buscando una única respuesta correcta a una pregunta, es probable que no desee que aparezcan todas estas ideas diferentes burbujeando”.
Dónde caminamos también importa. En un estudio dirigido por Marc Berman, de la Universidad de Carolina del Sur, los estudiantes que deambulaban a través de una arboleda mejoraron su rendimiento en una prueba de memoria, más que los estudiantes que caminaron a lo largo de las calles de la ciudad. Una pequeña pero creciente colección de estudios sugiere que pasar tiempo en espacios verdes -jardines, parques, bosques- puede rejuvenecer los recursos mentales que los ambientes artificiales agotan. Los psicólogos han aprendido que la atención es un recurso limitado, que drena continuamente durante todo el día. Una esquina plagada de peatones, coches y carteles golpea nuestra atención. En contraste, caminar por un estanque en un parque permite a nuestra mente derivar de manera casual de una experiencia sensorial a otra, desde las ondas en el agua hasta el susurro de los juncos.
Aún así, los paseos urbanos y rurales ofrecen ventajas únicas para la mente. Un paseo por una ciudad ofrece una estimulación más inmediata, una mayor variedad de sensaciones para que la mente juegue. Pero, si ya estamos al borde de la sobre-estimulación, podemos irnos a la naturaleza. Woolf disfrutó de la energía creativa de las calles de Londres, y lo describió en su diario como “estar en la cresta más alta de la ola más grande, justo en el centro de las cosas”. Pero ella también dependía de sus caminatas por los South Downs de Inglaterra, para “tener espacio y dispersar mis pensamientos”. Y, en su juventud, a menudo viajaba a Cornwall durante el verano, donde le gustaba “pasar mis tardes deambulando solitaria” por el campo.
Tal vez la más profunda relación entre caminar, pensar y escribir se revela al final de un paseo, de vuelta en el escritorio. Allí se hace evidente que escribir y caminar son hazañas muy similares, físicas y mentales en partes iguales. Cuando elegimos un camino a través de una ciudad o un bosque, nuestro cerebro tiene que estudiar el entorno, construir un mapa mental del mundo, fijar una ruta a seguir y traducir ese plan en una serie de pasos. Del mismo modo, la escritura obliga al cerebro a revisar su propio paisaje, a trazar una ruta a través de ese terreno mental y transcribir el sendero de pensamientos resultante guiando la escritura a través de las manos. Caminar organiza el mundo que nos rodea; escribir organiza nuestros pensamientos. En última instancia, los mapas como el que Nabokov dibujó son recursivos: son mapas de mapas.