Por Germán Roffler
Notas de este autor

29 octubre, 2014

A Ryuchi Sakamoto lo escuché por primera vez entre los 17 y 18 años, en el disco 1996.

Un disco negro, estoy hablando del color de la edición gráfica, que me impresionó porque además adentro tenía imágenes muy psicodélicas, como detalles de materias, y el disco propiamente dicho, musicalmente hablando, era de un trío: piano-violoncello- violín. Una formación para mi, hasta ese momento, que “debería” hacer algo clásico, tocando música de Sakamoto, que era/es una mezcla de clasismo (¿?) modernidad (doble¿?) y rock (¿sic?).
Indefinible para las definiciones de mercado, popular y sofisticado.
A Sakamoto lo escuché por primera vez la tarde de algún día de Octubre de 1998.
Estoy escuchando Sakamoto y llueve, y es domingo.
Sakamoto padece hoy, momentáneamente, una enfermedad.

Enfermedades, formas de democratización, de igualdad. Formas de igualar que están por fuera del capitalismo. Que no lo necesitan. La muerte también. La belleza también. Las dos tienen esas cualidades: efímeras, evanescentes y pasajeras, Stefan Matthias dixit.

El sexo de una canción, el sexo es como una canción, o viceversa.
Poder escucharse mientras uno canta. Tener sexo es algo parecido a eso.

El sexo es mejor que la música, pero por muy, muy poco.
Y la música es mejor que la muerte, que las enfermedades, que la belleza.
Y la música: sintagmática: efímera, evanescente, pasajera.

 

Imagen: “White” Stations of the Cross, Station VI: Veronica wipes the face of  Jesus. Lucio Fontana