Apretado por el formato mismo de una nota de opinión, el derrotero actual del teatro que se genera en la ciudad de Rosario expone su vastedad pero, al mismo tiempo, si se mira con atención, también, agita su propósito desde la invisibilidad y el conformismo.

El propósito del teatro es una discusión siempre en presente, pero, a la vez, ausente y un poco sinsentido teniendo en cuenta que, como dijo uno una vez, el teatro opera con su propia inteligencia y, cuando no puede hacerlo, se cuela donde puede. “El interior atrasa”, dijo también otro, un director porteño muy amigo de los alemanes y los espejos sudamericanos (subsidiados por una fundación lejana y nórdica). Pero, atrasados y atravesados, al amparo de lo que es, así como venimos, digamos, vamos tirando. El conformismo, brutal, lo dejó inmortalizado Alberto Moravia en una novela maravillosa, a la cual es mejor remitirse en lugar de dar nombres.

Rosario, para bien y para mal, es una ciudad, al menos, atípica desde donde se la mire. Es casi la única ciudad del país que sin ser capital administrativa, política, burocrática y social resiste los embates de no ser pero ser al mismo tiempo. Quizás la cercanía con Buenos Aires siempre esté dándole sombra y quizás sea ésta la razón por la cual, artísticamente hablando, mucha gente de la ciudad se resiste a considerar la genética del artista de la ciudad con la misma legalidad del venido de afuera. Pero, siempre apretado por el formato, si uno le dice a cualquiera que hable de lo primero que se le viene a la cabeza si le dicen la palabra teatro, ahí, la cosa se pone rara. El territorio semántico de esa palabra es, casi, su propia esencia, su retroalimentación constante. El teatro se hace por repetición y por respuestas. De la repetición se puede hablar más adelante, en otro momento quizás, pero las respuestas son las de las personas que generan el teatro donde viven, comen, duermen, aman, especulan, compran, gastan, se angustian, cogen, lloran, sonríen, matan y mueren. Siempre se está respondiendo a algo o a alguien en el teatro, consciente o inconscientemente. El teatro es una respuesta y hasta, a veces, es una respuesta a una pregunta que nadie formuló. Así de sordos andan algunos, también. Lo que más resulta, digamos, extraño (dentro de este apretado formato salta a la vista) es cierta desaparición del alguna vez llamado “under” (“off” se dice en CABA), y no esto como un teatrito sucio y deslucido donde la cuestión es otra y económica quizás, sino, más bien, como la poca predisposición al riesgo que hay en Rosario, aquel territorio donde las respuestas se gritan en un presente esquivo, como seguramente fueron siempre los presentes del teatro, esquivos e invisibles para algunos, pasajeros y transitorios para otros, los buscadores de reflectores y otros destellos aún más pasajeros (pero mejor pagos y seguros). Y la cosa es corta, a fin de cuentas, muy corta, ya que, aunque todo lo relativo al hacer teatro se lo denomina como tal, en realidad, el teatro en su verdadera conciencia dura apenas una hora, más o menos según muchos factores y variables. El resto, una simulación compartida.

Foto: gentileza de Gustavo Maffei