¿Querés oír mi broma favorita sobre la procrastinación? Te la cuento más tarde.

Piers Steel, un psicólogo de la Universidad de Calgary, ha escuchado incontables veces tales líneas, mientras investigaba la naturaleza de la procrastinación. Habiendo sido él mismo un terrible procrastinador, calcula que una dosis de humor no hace daño. Es ciertamente mejor que construir continuamente una preocupación por el trabajo que debe hacer ahora, dejándolo para más tarde y más tarde, cuando sus posibilidades de completarlo se vuelven cada vez más pequeñas, y las consecuencias se ciernen cada vez más grandes.

La tendencia a posponer las cosas se remonta a los inicios de la civilización. Ya en el año 1400 a.c., dice Steel, los antiguos egipcios lidiaban con la gestión básica del tiempo. “Amigo, deja de posponer trabajo y permítenos ir a casa a su debido tiempo”, se puede leer en algunos jeroglíficos, traducidos por el egiptólogo Ronald Leprohon, de la Universidad de Toronto. Seiscientos años después, en el año 800 a.c., el poeta griego Hesíodo expresó un sentimiento similar, advirtiéndonos que “no dejen su trabajo para mañana y el día después, porque un trabajador lento no llena su granero, pero tampoco uno que pospone su trabajo.” En el año 44 a.c., Cicerón consideraba “la lentitud y la dilación “siempre” odiosas”. (James Surowiecki escribió sobre el interés de los filósofos en la procrastinación en 2010.)

El sentimiento sobrevivió intacto a través de tiempos más recientes. En 1751, Samuel Johnson comentó, “La locura de permitirnos retrasar lo que sabemos que finalmente no podemos es una de las debilidades de carácter general que, a pesar de la instrucción de los moralistas, y las protestas de la razón, prevalecen en mayor o menor grado en todas las mentes; aun aquéllas que más constantemente la resisten igual la encuentran, si no la más violenta, la más pertinaz de sus pasiones, siempre renovando sus ataques y, aunque a menudo vencida, nunca destruida.” Él llegó a la conclusión de que era “natural”, si bien no digno de alabanza o deseable, “tener una consideración particular del tiempo presente”.

El siglo XXI no parece diferente. Los estudiantes procrastinan en lugar de hacer sus tareas escolares. En un estudio, treinta y dos por ciento de los estudiantes universitarios encuestados resultaron ser indecisos- lo que significa que su postergación había pasado de ser una molestia para transformarse en un grave problema, mientras que sólo el uno por ciento afirmó que nunca habían procrastinado en absoluto. Los empleados procrastinan en lugar de ocuparse de sus tareas de oficina. El empleado promedio, según una encuesta, gasta alrededor de una hora y veinte minutos cada día retrasando trabajo; ese momento, a su vez, se traduce en una pérdida de cerca de nueve mil dólares por trabajador y por año. En un estudio realizado en 2007, alrededor de un cuarto de los adultos encuestados informó que la dilación era uno de sus rasgos definitorios de personalidad. Además de los estadounidenses, la muestra incluyó a europeos, sudamericanos y australianos.

“Es una pulsión común de la humanidad,” dice Steel. Probablemente todos hemos experimentado la sensación. Ahí está ese proyecto que tenemos para terminar, el correo electrónico que tenemos que enviar, esa llamada telefónica que necesitamos hacer. Pero de alguna manera, a pesar de nuestras mejores intenciones, nunca parecemos estar más cerca de hacerlo. “Una cosa que define la dilación no es la falta de intención de trabajar”, dice Steel. Es la dificultad de seguir adelante con esa intención. Para la mayoría de nosotros, la dilación no es una experiencia agradable. No es como evadirse de una reunión o una clase y sentir la libertad de la rebelión; es una sensación de creciente presión, de saber que tendremos que lidiar eventualmente con lo que sea que estamos posponiendo. Aproximadamente el noventa y cinco por ciento de las personas que procrastinan desearían poder reducir esa tendencia; y, como Steel escribe en su libro, “La ecuación de la procrastinación”: la procrastinación conduce a una disminución general del bienestar, peor salud y salarios más bajos. ¿Por qué, entonces, es la dilación un fenómeno tan común? Si no lo hacemos porque queremos posponer las cosas, y nos causa malestar, ¿por qué nos empeñamos en hacerlo?

Esta fue la pregunta que preocupaba a Steel, al comenzar su investigación sobre la procrastinación en los años noventa. Uno de sus primeros trabajos, como estudiante de doctorado bajo la supervisión de Thomas Brother, en la Universidad de Minnesota, consistía en observar a los estudiantes, mientras trabajaban con los materiales de un curso on line. “Era básicamente un curso on line abierto y masivo, una clase computarizada donde todo el mundo podía hacer el trabajo a su propio ritmo”, dijo. “Y de esta manera tuvimos esta gran compilación instantánea de datos: la cantidad de trabajo que estaban haciendo, y qué tan rápido.” Los investigadores podían, en otras palabras, observar un comportamiento evidente -cuánto tiempo tomaron los estudiantes para terminar ciertas tareas, por ejemplo, o lo bien que las llevaron a cabo- y confrontar los resultados con una serie de medidas de auto-reporte, entre ellas la tendencia a posponer las cosas.

Cuando Steel completó su análisis, surgió una conclusión en particular: los procrastinadores excesivos eran peores en la auto-regulación. De hecho, la autorregulación, la capacidad de ejercer el autocontrol y demorar las recompensas inmediatas para futuros beneficios, explicó el setenta por ciento de los comportamientos de dilación observados. De esa conexión Steel extrajo su pregunta principal: ¿Qué pasa si la dilación fuera simplemente la otra cara de la impulsividad? Del mismo modo que la impulsividad es un fracaso de nuestros mecanismos de autocontrol- deberíamos esperar pero actuamos ahora- así, también, es la dilación: debemos actuar ahora, pero en vez de eso, esperamos.

En 2007, Steel finalmente publicó su tesis de investigación- “Yo bromeaba diciendo que me tomó diez años redactar un proyecto de tres”, dijo, pero en los años intermedios continuó con el vínculo entre la dilación y la impulsividad. Estudio tras estudio, fue encontrando la misma correlación: los individuos que eran propensos a la impulsividad también tendían a ser procrastinadores excesivos. Steel resumió sus conclusiones en un meta-análisis de la literatura, a partir de más de doscientos estudios. Cuando examinó los datos, postuló que los dos rasgos pueden compartir la misma base genética. “Todas estas construcciones básicas, la autodisciplina, el autocontrol, y por otro lado, la dilación, son más o menos el mismo fenómeno”, me dijo.

Este último mes de abril, la genetista conductual Naomi Friedman, con su estudiante de posgrado Daniel Gustavson y dos colegas de la Universidad de Colorado en Boulder, decidieron poner a prueba la idea directamente, en un estudio de trescientos cuarenta y siete pares de personas del mismo sexo, gemelos (monocigóticos) y mellizos (bicigóticos) del Colorado Longitudinal Twin Study. El estudio se había llevado a cabo desde el nacimiento de los gemelos, en la década de los años ochenta, y ya había dado grandes cantidades de datos sobre la impulsividad, por ejemplo si los sujetos tenían o no problemas para iniciar las tareas difíciles. “Eso ya fue básicamente una medida de la procrastinación”, me dijo Friedman. Impulsada por Gustavson, ella y sus colegas decidieron observar la relación entre la dilación y la impulsividad más de cerca. Pidieron a cada gemelo que completara los cuestionarios que miden la dilación, la impulsividad y la gestión de objetivos, de modo que pudieran evaluar el grado en que las características y comportamientos eran genéticamente determinados, y no por el medio ambiente.

La lógica del análisis es relativamente simple: todos los gemelos comparten su entorno familiar, pero los idénticos comparten los mismos genes, mientras que los mellizos comparten sólo la mitad. Al observar la diferencia en el comportamiento de la variedad entre los dos tipos individuales, los investigadores pueden aproximar el grado en que una determinada característica es hereditaria. (Por supuesto, el método no es cien por ciento exacto: incluso gemelos que comparten el mismo entorno pueden estar sujetos a diferentes influencias ambientales). Como Steel, el equipo de Friedman descubrió que la dilación y la impulsividad iban de la mano. También fueron capaces de dar un paso más e investigar si las dos tendencias comparten una base genética.

Pues resulta que lo hacen. Los investigadores encontraron que cada rasgo fue moderadamente heredable: un cuarenta y seis por ciento de la tendencia a posponer las cosas, y cuarenta y nueve por ciento de la tendencia a la impulsividad, son atribuibles a los genes. Pero la correlación genética estimada entre los dos rasgos era una -es decir, perfecto, o al menos lo más cercano a la perfección que se puede conseguir. Lo que es más, el equipo de Friedman reveló que ambos rasgos podrían, a su vez, estar relacionados con la capacidad de gestionar objetivos: la misma variación genética compartida se superpone considerablemente (alrededor de un sesenta y ocho por ciento), con una tendencia hacia el fracaso en la obtención de la meta. “Tal vez lo que une en realidad a estos rasgos es que las personas no logran realizar un seguimiento de sus objetivos a largo plazo”, dijo Friedman.

Si pensamos en la procrastinación como la otra cara de la impulsividad -como un fracaso del autocontrol en lugar de un fracaso de la ambición-, entonces el modo en cómo nos acercamos a ella cambia. Para Steel, lo anterior significa un acercamiento a la base de la suposición de que simplemente nos tienen que decir que no pospongamos las cosas. “En la práctica, parece que todavía estamos pegados al enfoque de los objetivos SMART 1982″, dijo. “Pero sabemos realmente cómo aliviar los problemas de la procrastinación de manera mucho más eficaz.” Cuando se trata de auto-control, un truco que tiende a funcionar bien es replantear objetivos amplios y ambiciosos de manera concreta, inmediata, fragmentos manejables, y lo mismo sucede con la procrastinación. “Sabemos que hay un montón de motivaciones de origen natural cuando los plazos se acercan,” Steel señaló. “¿Se puede crear plazos artificiales para imitar lo mismo?”

La recomendación de Steel toma algo prestado de la aproximación de la Universidad de Nueva York y de los psicólogos Gabrielle Oettingen y Peter Gollwitzer, que estudian el autocontrol y la fijación de objetivos: hacer que sus objetivos lo más pequeños, inmediatos y específicos posibles. Por ejemplo, Steel utiliza sesiones cronometradas de diez minutos para empezar a trabajar en tareas que no tiene ganas de terminar. “El problema con un objetivo que estamos evitando es que ya hemos construido en nuestra mente lo horrible que va a ser”, dijo. “Así que es como lanzarse a una piscina de agua fría: los primeros segundos son terribles, pero pronto se siente muy bien.” Por lo tanto, estableció el objetivo de trabajar en una tarea durante un breve periodo de tiempo y, a continuación, volver a evaluar. A menudo, se puede ser capaz de permanecer en la tarea una vez que se ha superado ese salto inicial. “No hay que decir: ‘Voy a escribir.’ Hay que decir: ‘Voy a completar cuatrocientas palabras para las dos de la tarde’”, dice Steel. “Cuanto más específico sea, más potente. Eso es lo que nos pone en marcha “

La otra parte del enfoque Oettingen y de Gollwitzer implica la eliminación de los obstáculos que pueden surgir en el camino hacia el logro de la meta. Identificar las condiciones “calientes” para el control en los momentos de impulso cuando se está más propenso a ceder a la distracción, y encontrar maneras de lidiar con ellas directamente. “Una de las cosas más fáciles de hacer es darse cuenta de que tal vez se trata de que el problema son las distracciones, y no los objetivos.”, dijo Steel. “Así se logra que las distracciones sean más difíciles de seguir. Se logra que sean menos obvias “. Él señala una aplicación para Android que hace que sea más difícil para las personas acceder a los juegos en sus teléfonos. El propio equipo de Steel ha diseñado una aplicación de teléfono que añade un mecanismo de retardo simple a los programas de distracción; cuando se hace clic en, por ejemplo, Candy Crush, el teléfono te pregunta si realmente queréss ir al juego, en lugar de llevarte allí directamente. Ese pequeño retraso es a menudo suficiente para hacernos reconsiderar esta táctica de dilación favorita.

Por supuesto, si sos un procrastinador excesivo puede ser poco probable que instales este programa. “Lo irónico es que los procrastinadores dejan para más adelante el hecho de lidiar con su problema”, dijo Steel. Así que aquí hay una idea: en lugar de hacer lo que se supone que tenés que estar haciendo en este momento, echa un vistazo a la prueba on-line sobre procrastinación. Hay pocas cosas que nos gusten más que los tests on-line sobre personalidad -y éste podría incluso ayudarte a vencer tu procrastinación. Sólo espera y verás.