A la hora de ser fiel, prefiero la lealtad. A la tentación de arremeter, desde el vamos, sobre la impronta más o menos oportuna o inoportuna de lo que se llama “hacer teatro en Rosario”, prefiero remitirme a la nota anterior (Simulación pasajera) y así, por un rato, todos, nos olvidamos. Nos olvidamos de esto y de aquello que ronda y hace (daño). Nos olvidamos de los costados, las juntas y los laterales. Nos olvidamos de lo que tengo y del tongo, del telo, de la tele y de la gente que confunde las variantes de lo político con las dimensiones de lo increado, por ejemplo, con un contratito a la manera de un carguito. Nos olvidamos del embargo de las ganas. Nos olvidamos de los grises y de los patoteros desplazados, entre rubias y teñidas, con un smarthphone lleno de punteros culturales.

Escribir teatro no es fácil. De acá se parte. No basta con ser escritor. No basta con ser director. No basta con ser actor. No basta con tener ganas de hacer teatro. Si uno quiere escribir, al menos, sabe de antemano que la escritura es intención y voluntad. Toda escritura es una voluntad intencionada hacia un fin (lo escrito). Pero en el teatro no basta.

Esto es un mal, menor, pero un mal al fin: hay escritores que ni se asoman al teatro por lo que es en sí mismo, y, sobre todo, por lo que sucede después. Pero, cuando la intención y la voluntad comienzan a pedir escritura teatral, uno se sienta (repito: uno se sienta) para que todo aquello que apareció (o aparecerá) encuentre su mecanismo de construcción (de sentido). Fácil decirlo. Pero aunque no definible con palabras, “eso” apareció. Eso es un decir. Eso, en realidad, es saber qué es eso que apareció o aparece bajo la voluntad y la intención con la forma más o menos leve de una imagen, una voz, una cosa, un olor, un sentido, un sonido, algo de ruido, palabras, dudas, rechazos, resentimientos o sensaciones. No importa el qué. Acá todo es el cómo. Pero lo importante es que lo que apareció, “eso” que apareció lo hizo con y desde impronta teatral. Eso será teatro. Cada uno encontrará su propia definición para impronta teatral. No queda otra que sentarse e ir viendo qué aparece al escribir, qué tengo y qué tendré, la especulación por saber lo que tendré, qué busco, qué me gusta y qué no, qué mierda hago con todo esto. Difícilmente aquí, en este momento casi inicial, uno pueda comenzar a escribir “la obra” tal como piensa o especula uno que será (escrita). Y no, no podrá uno con esa premisa mental porque, sencillamente, la obra no está sino que será escrita a partir de la reunión de material. Lo mejor es escribir, escribir, buscar, escribir, ir viendo, detenerse un rato, googlear, leer, leer y copiar, hacer notas, descartar, seleccionar, ver qué onda la impronta teatral, “trabajar de dramaturgo”.

Lo que aparece y apareció no será la obra pero sí la obra será, más allá del resultado final, el devenir de lo que apareció y fue mutando a favor de la construcción del papel teatral. La representación (o cómo será carne) es otro tema que por ahora no importa. Claro, pensemos: no importaría tanto si uno no andara tan metido y sumergido (al ahogo) en lo que se llama “forma de producción del teatro independiente (u off,)”, pero si uno quiere escribir una obra para 14 personajes puede hacerlo. El teatro da para todo (por eso cualquiera hace teatro). Lo que aparece, entonces, volviendo, no es lo que quiero escribir, sino el medio inicial de lo que será escrito como teatro. Y pide forma, obviamente.

Lo que aparece y apareció es un medio, quizás el medio más manipulable de la escritura teatral, quizás lo más manipulable en el teatro, después de los actores. ¿Bastará un ejemplo? Supongamos que no sé muy bien por qué pero el otro día, digamos, de tarde con el sol de la siesta, en una ciudad que no es la mía, digamos Santa Fe, veo el cartel enorme de un supermercado y porque sí, se me ocurre escribir teatro al leer lo que ese enorme cartel dice. En letras mayúsculas blancas sobre fondo rojo el cartel decía BIENESTAR. Se me ocurre, primero, como título y luego comienzo a mezclar, de alguna manera, el título ése con el bienestar del sol de la siesta. Supongamos que “eso” queda en mi cabeza, digamos, sonando como “algo” teatral para escribir y que no sé muy bien por qué o qué o cuán teatral es el bienestar. Entonces, seguimos suponiendo, me siento frente al teclado o frente a una hoja en blanco con la intención de escribir con el cartel del super, con el bienestar, con la ciudad ajena, la siesta y, supongamos que, para ayudarme pongo música y, entonces, pienso en alguna música o sonido en relación al, digamos, bienestar. Y pienso que quiero escribir una obra sobre algo (o alguien) que, digamos, estando está bien, se me ocurre, que su estar es una conquista, podemos pensar, del bien sobre el mal, una conquista momentánea, efímera, corta e inestable, como hacer teatro. Y empiezo a escribir y escribo que a la hora de ser fiel, prefiero la lealtad y que en lugar de arremeter, prefiero el inestable bienestar de escribir teatro. Entre otras.

 

Foto: Gentileza de Gustavo Maffei