En Querido Doctor, su segundo documental, Juan Mascardi reconstruye la historia de su propio padre.

Soy un lector voraz de los artículos de Soriano. Creo, por decir, que Piratas, fantasmas y dinosaurios es una antología extraordinaria que marchaba en contramano del periodismo entretenido en la banalidad pornográfica de la década dolarizada. Me detengo aquí para no dilatar el asunto. Escribo sólo lo esencial a los efectos de lo que sigue. Escribo que Soriano estaba obsesionado con su padre y con Perón. Que la naturaleza del antiperonismo furioso de su padre y la complejidad del peronismo fueron las dos cosas que Soriano nunca acabó de comprender. Año nuevo es un artículo brillante y crepuscular. Hay un pasaje que reclama con desespero introducir las líneas que vendrán después: “Todos los malos augurios se cumplen ese año. Se mueren mi padre y el General. Buenos o malos, esos hombres me tienen, todavía, en vilo”.

Creo que Juan Mascardi ha tenido la misma preocupación.

En Colón, la ciudad del cuadrado perfecto, a Roberto Mascardi lo conocían como el doctor de los pobres. Cuentan que frente a su consultorio se amontonaban más bicicletas que delante del ingreso a la guardia del hospital municipal, que navegaba la marginalidad de la periferia suburbana arrojado a un ejercicio radicalmente social de la medicina. También en Colón, a Mascardi le conocían un irreconciliable peronismo que practicaba con diligente militancia, la traducción de aquel compromiso profesional en la pertenencia al movimiento político que encierra buena parte de las contradicciones y complejidades del ser nacional.

Querido Doctor es el segundo documental que escribe y dirige el periodista y realizador Juan Mascardi. Oportunamente, en ClubdeFun, contamos la singularísima historia de Gud Mornin Colón, su multipremiada ópera prima que recrea el particular universo de las radios de baja potencia en la localidad bonaerense de Colón. El propósito argumental de su nueva película cabe en una sola frase. Mascardi rastrea aquí la historia de su propio padre.

Querido Doctor es un complejo rompecabezas en el que Mascardi, que asume en primera persona la responsabilidad del relato, reconstruye y recrea la existencia de su padre a partir de una polifonía coral en la que todos cuanto lo conocieron toman la palabra y devuelven su verdad delante de cámara. La figura de Roberto Mascardi, entonces, se bifurca en tres caminos finalmente convergentes. Mascardi, el doctor. Mascardi, el militante. Mascardi, el padre.

Si bien son cintas casi radicalmente distintas, Querido Doctor lleva al extremo el recurso narrativo antes esbozado con Gud Mornin Colon. Hay algo singular en las realizaciones de Mascardi. La deliberada capacidad de conjugar personajes que con sus disparatadas intervenciones retuercen al espectador entre carcajadas incontenibles y pasajes directamente dramáticos que merodean con insistencia la frontera de la tragedia, el espanto, el horror.

Mascardi trabaja, con precisión literal, el registro de la tragicomedia. La posibilidad de maquillar una crónica descarnada sobre el desbarranco de una generación con la frescura de un puñado de personajes entrañables. Algo que desde la absoluta desnudez teórica me gustaría nombrar neocostumbrismo social.

(Me permito una divagación mínima. Alguna vez, para derribarme de un hondazo de cierta pedantería intelectual en la que me había encaramado, Mascardi me dijo que, con sus películas, aspiraba a reunir en la sala al mismo público de Olmedo y Porcel, pero, claro, sin hacer las películas de Olmedo y Porcel. Me aventuro a sospechar que Gud Mornin Colon y Querido Doctor son pasos sólidos encaminados en esa dirección).

La estructura narrativa de la película pareciera la de una road movie en la que no se ven los desplazamientos por la carretera pero, de pronto, Mascardi aparece siempre en un sitio distinto, detrás de la pista del recuerdo de su padre, reconstruyendo una memoria colectiva a partir de una extensísima suma de individualidades. Espora –el paraje rural que no figura en los mapas en donde nació su padre–, San Andrés de Giles, José León Suárez –la geografía de la periferia suburbana de Buenos Aires que sirvió de escenario para los fusilamientos de la Revolución Libertadora–, Capital Federal –los años universitarios–, y, claro, Colón –centro neurálgico del documental, un esbozo bastante acabado de Macondo moderno en el universo narrativo de Mascardi.

Querido Doctor es también de esas películas inventario que reúnen y reconstruyen un conjunto de historias paralelas. La familia Simunovich –unos yugoslavos casi incomprensibles que parecen extirpados de un guión de Kusturica. Los hermanos María Eva y Juan Domingo –la historia del peronismo enfrascada en un solo hombre, dirá Mascardi en el videoreportaje. El allanamiento durante los años sin luz. La primavera democrática del Tío Cámpora –el dentista de la infancia que había llegado a presidente de la nación por unos pocos días. Los personajes de Operación Masacre como protagonistas de los cuentos nocturnos. El reclamo para la resurrección de un muerto. “En lo más íntimo –leo en la sinopsis del documental–, Querido Doctor busca encontrar a los protagonistas de los cuentos, un puñado de afecto. Esos que pensé que sólo existían en los relatos de mi viejo y que funcionaban a la perfección en las noches de invierno”

Otro pasaje de la sinopsis: “La figura de mi viejo es paradigmática de una generación que buscó transformar la realidad. Que nació a la luz de los años 30 y vivió hasta la segunda década infame en 1990. El consultorio fue su refugio cotidiano”. Subyace a la progresión del documental un ensayo sobre los últimos cincuenta años. Si el relato que ensaya Mascardi sobre la humanidad de su padre es esencialmente luminoso, la crónica paralela sobre la historia política contemporánea de la Argentina es desalentadora. La ruta de la militancia del doctor Mascardi describe la genealogía de una ineludible derrota, materializada, en la interpretación crítica que propone su hijo, en el desbarranco generalizado de diciembre de 2001 y la muerte de su padre, al año siguiente.

La vida de un hombre no cabe en setenta y dos minutos. Pero ese tiempo quizás sea suficiente para congelar por siempre el recuerdo de una vida. Una fotografía instantánea de inocultable valor testimonial. O el esforzado epitafio íntimo de un cineasta para con su padre muerto.