–Es así. Cuando avanzamos por la calle, sólo tenés que empujarme. Cuando subimos un cordón, apoyá el pie en el caño de atrás, el que está debajo mío, y hacé fuerza. Tienen que subir primero las dos ruedas de adelante, levantadas. Es como si hicieras un willy.
–¿Te podés caer?
–No me caigo. A lo sumo, se ladea mi cabeza. En ese caso, tomala por la frente, desde atrás, y apoyala contra el respaldo, mientras seguís manejando. Así quedo bien.
–Bueno, voy a intentarlo. Teneme paciencia.
–No te hagás problema. Nada de lo que hagas podría incomodarme.

La peatonal San Martín por la noche es un despojo. Un frío húmedo sube desde el río que se insinúa allá al fondo, casi visible a pesar de la bruma de otoño. Las pocas personas que andan por aquí se meten en el cine o en bares con luces altas y promoción de pizza libre.

Fabricio Simeoni va adelante, y yo detrás, llevándolo en su silla de ruedas. Fabricio tiene 32 años, y está inmovilizado desde el cuello explicará luego, así, de manera rotunda. “Yo tengo algo que se llama «atrofia medular espinal», una patología rara que no tenía nombre hasta hace poco. Mi cuerpo se desarrolló, pero en determinado momento, mis músculos no. Hasta los seis años, yo me paraba ayudado por paralelas. Hasta los 16, escribía y comía solo”.

Después dirá que su enfermedad es congénita, pero que su médica le ha dicho que no se preocupe, que se va a morir de otra cosa. “También dijo que ahora salió una pastilla nueva, con la que podría recuperar hasta un trece por ciento
de movilidad. No voy a salir caminando, claro, pero algo es algo. De todos modos, para tomar la pastilla tengo que tener el corazón sano, y no sé si lo tengo sano, porque nunca me hice un electrocardiograma. Uno tiene algunas resistencias con estas cosas. Me encanta resistirme a los médicos, a los curas, a mis viejos. No creo en los sometimientos, en ninguno”.

Es poeta, periodista y filósofo autodidacta. Coordina un taller literario en la biblioteca Gastón Gori, en Fisherton, cerca de la casa donde vive con su madre ama de casa, su padre encargado de una hormigonera, su hermano mayor músico, su hermana menor actriz, y su abuela paterna, emigrada italiana durante la Segunda Guerra. Publicó cinco libros de poemas. En 2005 fue declarado artista distinguido de la ciudad por el Concejo Municipal. Estudió Ciencias Económicas, pero desertó. Va a bailar a un boliche que se llama Luna y le gustan las fiestas rave. Las fiestas, en general.

 

Estar del otro lado es como volver a este / cuando se apagan las luces/

 

Nos conocemos desde hace un tiempo. Esta vez, me ha invitado a ver un recital en la sala Lavardén. En la puerta hay unas escaleras empinadas. Él está en el vestíbulo cuando llego. Tiene un buzo abrigado y unos pantalones de corderoy con la botamanga hacia arriba, que le quedan holgados. Su madre o su abuela o su hermana menor, alguna mujer que lo ama pero lo deja ir, le colgó una bufanda tejida a mano alrededor del cuello. En la parte posterior de la silla de ruedas, lleva una mochila. Y al costado, sobre el respaldo de nylon verde, cuelga el celular.

–Voy a ser tu sombra por un rato –le digo.
–Así que yo me llamo Fabricio y mi sombra se llama Ivana –responde señalando con regocijo una falta de simetría, porque estoy parada.

Entonces pido una silla y me siento a su lado. La gente llega al recital y él me presenta a todo el mundo: a la chica voluminosa de saco oscuro, al cuarentón de ojeras profundas, al encargado de la sala, al que vende los boletos, al sonidista de la banda que va a tocar, a la novia del sonidista, al fotógrafo que sacó las fotos de chicas casi desnudas que aparecen en el libro Agua virgen de Fabricio, al abogado divorciado, a un poeta con el que está escribiendo un libro en colaboración, a una chica rapada y hermosa que se llama Azul, a una alumna de su taller en Fisherton, a una diseñadora gráfica de pelo color fuego, a la chica voluminosa que ahora encontró a la amiga que va a entrar con ella al recital, la amiga que me mira, que suele andar con Fabricio de acá para allá, que le dice a Fabricio que hoy se va con otra gente, que estoy yo para cuidarlo.

Entramos cuando la sala está casi oscura, y me pide que le apoye una pierna sobre la otra.
–¿Tenés sensibilidad en el cuerpo?
–Sí, más de la que parece. Porque me pasa como a los ciegos, que tienen un oído más fino que lo habitual. Para mí, la piel transmite informaciones, datos, y yo estoy atento. Cada roce es super profundo. Yo tengo un cuerpo orgásmico– advierte.

La piel de Fabricio es blanca, y el pelo fino y crespo. Usa lentes. Sonríe todo el tiempo. Cuando se ríe a carcajadas, sus hombros se mueven como si sufriesen pequeñas convulsiones.

El mundo desde una silla de ruedas se ve como afectado a la monstruosidad fantasmagórica de cierta fuerza visceral. Me gusta mucho verlo desde abajo, es un abajo más allá del abajo. Hay por momentos una cosmogonía lúdica: la utilidad del mundo en los hombres o de los hombres en el mundo. Entonces las limitaciones particulares pueden ser las del mundo, y viceversa.

Cuando termina el recital, cuatro chicos lo cargan a Fabricio escaleras abajo. Suena el celular. Atiendo y lo pongo sobre su oreja. Dice que sí, que va para allá. Su amiga Adria cumple años y lo llama para asegurarse de que él está en camino hacia un bar que queda a quince cuadras del lugar donde estamos ahora. A veces, su padre lo espera y lo traslada donde necesite, luego de subirlo en la parte trasera de una Ducato blanca y asegurarlo con unas correas elásticas. Pero esta
vez su padre no está. Y Fabricio me mira, divertido porque yo lo estoy interrogando en silencio.

“Sí, te toca a vos. Podés negarte, claro”, me propone mientras revolea los ojos y se ríe. “De todos modos, sería una incongruencia que mi sombra y yo vayamos por lugares separados”.
–¿Por dónde nos conviene agarrar?– pregunto.
–Por Mendoza, y después, por la peatonal San Martín. Siempre que estemos en la calle, vayamos por el lado donde estacionan los autos.

Comenzamos a andar. Lo llevo con miedo y se nota. Distribuyo mal las fuerzas, y tengo los brazos tensos. Escucho el ruido de los colectivos a nuestras espaldas, que nos alcanzan y nos pasan por el costado.
–No sientas que no podés hacerlo.
–Es que me da bronca ser tan poco práctica.
–Bueno, entonces sé práctica y listo. Vamos a estar bien.
–¿Tenés frío?
–Un poco. Pero no traje abrigo.
–¿Querés mi saco?
–No, hermosa, llevalo vos. Rojo como es, parece una baliza. Un rengo y una baliza por la calle llaman la atención, los autos nos van a ver– me tranquiliza.

Él habla de sí mismo como “rengo”. Inclusive, escribió un poema que se llama así. “La continuidad de una rueda / en otra…/ la erosión de una almohadilla / enquistada en la sepultura/ de una línea”. Leyó esos versos en un ciclo de poesía. Dos poetas lo subieron al escenario. Uno le sostenía las hojas escritas, y otro le daba de beber whisky.

A su lado, por contraste con su inmovilidad, nuestros movimientos parecen bruscos. Un rengo tiene un caminar incompleto. Todos buscamos llenar nuestros huecos, porque el vacío puede ser doloroso. Él anda por la vida con la calma de quien sabe que no hay mucho más por perder.

Desde mi estática, intento demostrar que hay movimiento. Intento generar plenitud desde la vacuidad que padezco. El deseo es vacío, porque deseás lo que no tenés. Claro que yo desearía moverme. Todo el mundo desea cosas que no tiene y por eso se mueve, se mueve en ese lugar particular que va desde el deseo a la posibilidad de su realización. Yo quiero generar movimiento en otros, movimiento involuntario, voluntario, connotativo, denotativo, lo que quieras, pero movimiento al fin. Yo quiero que vos te muevas. Porque así, yo también me muevo.

Aún pequeña y liviana, la silla se empaca en los cordones y los sube a disgusto. En realidad, es una manera de oponer alguna resistencia a una ciudad que la desafía. Es una lucha desigual entre una bestia enorme y temerosa, y otra mínima pero audaz.

Ante Fabricio, la ciudad se eriza como un animal acorralado. Pero él da pelea. Sus amigos lo apodan “Toro sentado”.

Antes de comer pensaba / si serán los escombros que se ven al fondo / los que decoren sus piernas / o en el fondo de los escombros / el que las inventa / otra vez.

No encuentro otra manera de llevarlo que pensar que él y yo somos una sola cosa, cuatro piernas, cuatro ojos, dos ruedas, dos cabezas, uno sentado, otra parada, distintos, distintísimos, y sin embargo tan necesarios el uno para el otro.
–¿Te enamoraste alguna vez? – le pregunto mientras avanzamos por la peatonal desierta.
–Sí, hace poco.

Me cuenta que ella es de una ciudad de por acá, pero vive en Cataluña. Ella sabía de Fabricio por gente en común, por haber leído lo que escribe. Y empezó a mandar mails. “Después empezamos a chatear, justamente un modo en que nunca hubiese querido conocer a una chica. Chat, chat, chat, camaritas, llamadas por teléfono, y unas ganas enormes de tocarla”.

Un día, ella apareció en su casa y apenas lo vio, le estampó un beso sobre los labios. “Todo lo que se había dicho antes era virtual. Ese beso fue alquimia pura”, recuerda Fabricio. “Los dos sabíamos que se iba a quedar poco tiempo. Pero fue amor, o por lo menos, la idea que uno tiene en la cabeza sobre el amor”.
–Venirse de España para besarte, ese sí que es un gesto amoroso.
–Pero no fue sólo eso. Mirá, yo estoy acostumbrado a la clandestinidad. Te entiendo si querés tener una cosa conmigo sin que se sepa, porque pueden existir cuestiones aleatorias que hacen a tu persona y las voy a respetar. Pero ella hizo un chiquero, porque andaba públicamente conmigo y lo decía. Ella desafió eso de «mirá cómo una mina tan linda va a andar con un rengo que no se puede ni mover». Y su compromiso me marcó.

Me pregunto cómo se llevará Fabricio con el sexo, con el sexo concreto, no con su sublimación poética.
–En tus poemas usas mucho la sexualidad, como un modo de encuentro con otro cuerpo, pero también como si así descubrieses el tuyo –fabrico, para encarar el asunto de manera oblicua.
–A la gente le resulta extraño pensar que no soy asexuado, pero lo cierto es que el hecho de ser rengo no impide el placer. Me las arreglo para coger y para masturbarme. Si la estática genera movimiento, también puede ser al revés. Es decir, las chicas saben que no puedo moverme, y que ellas pueden agarrarme como un muñequito. Y también saben que mi cuerpo es tan sensible, que es probable que llegue a lugares de placer que hombres y mujeres por ahí desconocen. Como en todos lados, acá también se juega la supervivencia del más apto.

Llegamos a la esquina de San Martín y calle Rioja.

–Ay, mirá quién está acá. ¿Vos sos el poeta, no? Vos te llamás… ¡Ay! ¿Cómo es que te llamás?
Ella cruza la calle y se para frente a nosotros. Tiene una campera verde, y lleva el pelo color borgoña, atado en una cola alta, con una cinta de raso enroscada alrededor. Es procaz esa colita en alto, de vedette de los ochenta. Usa jeans apretados. Gesticula y sonríe, como movida por una excitación repentina. Vacon un tipo oscuro, que enseguida se aleja y la espera desde la mitad de la cuadra.

–Yo soy… Jeanette, Jeannette ¿Te acordás de mí? –Sí, nos conocemos de, a ver, espera…
–Sí, de ahí. De ahí –contesta.
–Ah, claro, yo te dí un libro esa noche.
–Sí, sí, es tan lindo. Yo no entendí mucho, pero lo leí todo. Y me encantó. Llamame, llamame cuando quieras.
–¿Pero adónde te llamo?
–A mi celular. ¿Ténes para anotar? No importa, yo tengo.

Saca una libretita del bolsillo de la campera, y una birome que tiene un capuchón con forma de sol rechoncho. Garabatea algo. El tipo le dice que se apure, que van a llegar tarde a la función trasnoche. Ella parece no escucharlo.
–Bueno, vos te vas a acordar –susurra, mientras me da un papelito que guardo en la mochila de Fabricio–. Mi nombre es Ana. Ana. Acordate. Llamame alguna vez.
Entonces Jeannette, Ana, o como se llame, le agarra las manos y las coloca entre las suyas. Le dice que tiene las manos muy frías, como la noche aquella en que se conocieron. Las besa con ternura. Después se va.

Porque no hay resto seminal en la corteza; / No / La goma espuma, la miga de pan / Las manos, las manos atadas a los meridianos / los pies a los paralelo s/ la cabeza polarizada / y la pija en el barro.

Las peatonales son caminos lisos, sin sobresaltos. Pero luego se abre Finisterre. Cada vereda tiene sus caprichos: baldosas flojas, pozos, o un lugar demasiado estrecho para que
pasemos, como en el caso de las obras en construcción. De cualquier manera, al final de cada cuadra nunca hay rampas, y las ruedas de la silla se atascan.

Le pregunto si corremos mucho riesgo avanzando por el costado de la calle. Me dice que no, con la certeza de un oráculo. Le pregunto si está cómodo, y me dice que sí, que sigamos. Toro sentado y su sombra avanzan en calma, más allá de los confines del mundo.

Lo que demanda otro cielo / se ofrece en la tierra / en la cal de calientes paredes / donde rebotamos el tiempo /

Estamos, finalmente, en la puerta del bar. El muchacho nos mira con extrañamiento. Le repito: “Cuando entres, fijate si encontrás una persona que se llama Adria”. El muchacho se
sobresalta. Nos dice que sí, y entra. Pero su gesto receloso indica que también podría habernos dicho que no. Hay cierta gente con la que nunca se sabe. Lo esperamos de todos modos. Sale enseguida, sin mirarnos y se va. Fabricio sonríe y dice que no hay problema, que boludos hay en todos lados. Le pido que espere y lo dejo debajo de un cartel luminoso que dice “Retrovivencias”.

Entro en el bar, y busco alguna chica con cara de Adria, o alguna mesa donde la gente esté con gesto de estar celebrando un cumpleaños. A veces juego a inventar nombres para las caras desconocidas que encuentro. Séque los obreros de la construcción hacen lo mismo. Algunos, cuando las mujeres pasan, les gritan nombres en vez de piropos. Si la construcción hace las cosas muy complicadas en la vereda, y la mujer no puede pasar, entonces los obreros tienen más tiempo y más chances para arriesgar.

Pero Adria es un nombre difícil para dar con la cara correcta que lo lleve, y encontrar una mesa de festejo parece más sencillo. Esa mesa, seguramente. Y claro, qué alivio, el forzudo al
que le hablo dice que sí, que Adria es aquella chica que está en la barra. Y la llama. Adria se acerca y sonríe cuando pronuncio “Fabricio”. Ese nombre abre las puertas de su confianza, y ella me abraza y me besa mientras pregunta dónde lo he dejado.

Sentados los dos otra vez, en medio del bullicio, le doy de beber vino tinto dentro de una copa con boca ancha. Fabricio está de un humor excelente, y yo siento la calma de haber hecho lo correcto, que no siempre es lo más fácil.

El disc jockey elige “Mil horas”, de los Abuelos de la Nada. “El otro día me lo crucé a Andrés Calamaro en la calle, con esa novia hermosa de tetas grandes que tiene”, me cuenta. Y empieza a canturrear, y se ríe. “Ese tipo nos mintió a todos, es un capo”, sigue. Le pregunto en qué nos mintió. “Él nunca escribió«Mil horas». Ese tema se lo enchufaron los de la grabadora. La versión original se llamaba «Mil porras». Yo la voy a cantar para vos, porque Andrecito una vez me regaló la letra”. Se ríe otra vez, revolea los ojos y me pide que le preste atención. “Esuchá, Ivi, esta te la dedico a vos”, declara. Y canta: “Anoche me quedé mirando Venus a solas / con mil porras / como Marecco / hasta que llegaste / me miraste y me dijiste loco / estás mojado / ya no te quiero / ja ja ja”.